Por Nicolle Etchegaray
Parte de las historias más sórdidas y sensacionalistas que actualmente informa la prensa mexicana ya no vienen de su farándula, sino del narcotráfico. Como parte de una película hollywodense, segmentada en capítulos que poco a poco develan los medios, se nos informa sobre la sangrienta guerra que enfrenta al Estado con poderosas mafias organizadas; la guerra paralela entre los propios cárteles por el control las rutas de distribución de la droga; las autoridades de todo orden maniatadas o cooptadas por el narcotráfico; el conteo diario de los asesinatos (mil sólo en los primeros treinta días del año); y como guinda de la torta, las cabezas humanas esparcidas por calles y cabarets, a modo de campaña comunicacional sobre una justicia paralela a la del estado. Detrás de toda esta violencia hay miles de seres humanos, de familias, que sobreviven bajo la ley de la selva o abandonan lo poco que tienen para ser inmigrantes el resto de sus vidas. Como dicen por ahí, a veces la realidad supera a la ficción.
Lo que la prensa no informa a la par, al menos en la profundidad que lo amerita, es que esta realidad se sustenta en otra mucho menos noticiosa. El “violento mercado de la droga”, en realidad es violento en el segmento de la oferta, mientras en el lado de la demanda el escenario es mucho más silencioso y tranquilo, aún cuando el consumo ha sido fuertemente penalizado en muchos países.
La ONU estima que en el mundo hay 200 millones de consumidores de droga. Alrededor del 70% de ellos están en Europa, pero sólo en Estados Unidos hay 55 millones. A riesgo de caer en simplificaciones, gran parte de esta gente es bastante normal: personas que trabajan, respetan gran parte de las leyes y pagan impuestos. Gente común y corriente, pero que paga por sustancias que permiten acceder a sensaciones diferentes, sabiendo que pueden causar daño y son ilegales en la gran mayoría de sus países.
La guerra contra el narcotráfico se ha preocupado muy escasamente de este lado de la historia. Los estados y las organizaciones internacionales han gastado mucho tiempo y miles de millones de dólares tratando de exterminar a los productores y comerciantes de droga: el noticioso segmento de la “oferta” del mercado. Y por ahora, no vemos que hayan tenido demasiado éxito. Si liquidan a un narcotraficante, de inmediato es reemplazado por otro; si terminan con un cártel, una o más organizaciones pronto ocuparán su espacio. Donde hay demanda, tarde o temprano nace la oferta.
Lo terrible de esta oferta es que, en los turbios espacios de la ilegalidad, viene asociada una extrema violencia, mucha corrupción, erosión de las instituciones y el estado de derecho, pérdida constante de vidas humanas. Y todo esto sucede en América Latina o en los espacios donde se genera y articula la oferta, no donde se produce la demanda.
Atacar el segmento de la demanda es fundamental. Y por eso se aplaude la reciente decisión del gobierno de Barack Obama de cambiar el foco de la lucha de Estados Unidos contra el narcotráfico. Su nueva Estrategia de Control de Drogas, pretende disminuir el énfasis criminal-judicial para tratarlo como un problema de salud pública. El acento se pondrá en la prevención del consumo y en la integración de los tratamientos contra la droga en el sistema de salud, para bajar un 15% el consumo de narcóticos entre los jóvenes en cinco años. Es decir, por fin se hará cargo de la demanda y la guerra se jugará en otro territorio.
Suena tan lógico adoptar estas medidas. Consiste simplemente en traspasar a la política pública el enfoque que los especialistas han estado sugiriendo desde hace tiempo. Algo que en América Latina no sucede, aún cuando el tema se ha puesto antes sobre el tapete.
Si es posible tratar el asunto sin conservadurismos y atacar directo al mercado de la droga, lo sensato sería ir incluso más allá del plan de Obama. La Comisión Latinoamericana sobre Drogas y Democracia, integrada por expertos, representantes de la intelectualidad latinoamericana (como Mario Vargas Llosa, Enrique Krauze y Moisés Naím), y del mundo político (como los ex presidentes Fernando Cardoso de Brasil, César Gaviria de Colombia y Ernesto Zedillo de México), sugirió hace años la despenalización del consumo de marihuana y el “cambio de paradigmas” en el combate a las drogas. Esto, claro, acompañado del tratamiento a los adictos y fuertes campañas de prevención. La marihuana sería el primer paso, simplemente porque consideraron poco realista plantearlo para todas las drogas.
La sugerencia tiene todo sentido. El mercado existe. Más allá de las apreciaciones valóricas, está. Y para que un mercado potente se debilite o extinga, sólo hay dos posibilidades: disminuye substancialmente el consumo o deja de ser un producto ilegal. El problema para enfrentar este problema es que, como dijo César Gaviria, el ex presidente colombiano, “las actuales políticas están basadas en los prejuicios y temores y no en los resultados”.
Mientras las políticas públicas se fundamenten en la “moral” de algunos y no en la aceptación de la realidad, es poco probable que el narcotráfico disminuya su poder. Si no baja milagrosamente la demanda, el negocio seguirá creciendo en la clandestinidad, exento de impuestos, solvente para financiar sus propios aparatos de seguridad, corromper a las autoridades y hasta para declarar la guerra frontal a un estado.
A continuación, les adjunto algunos artículos sobre el tema:
Cambio de la política antidroga de Estados Unidos crea expectativas en América Latina
Infolatam
Para Ganar La Guerra Del Narco
Por Rodrigo Canales para Nexos
¿EU dejaría la droga?
Editorial de El Universal, México
Drogas: ONU reporta 200 millones de consumidores, advierte consumo alarmante de cocaína en Europa
ONU
¿Legalizar o no las drogas?
Casa de América, España
Comisión Latinoamericana sobre Drogas y Democracia