Por Fernando Molina
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Si las elecciones presidenciales de diciembre fueron “un desfile” para el MAS de Evo Morales, los comicios regionales y municipales que acaban de suceder han mostrado una mayor contestación a la mayoría electoral del oficialismo, que resultó erosionada en términos generales y también, puntualmente, en algunas de sus plazas fuertes.
Según los conteos extraoficiales que se ha conocido hasta ahora, el MAS perdió las alcaldías de la mayoría de las capitales del país, inclusive las de La Paz y Potosí, donde a Morales en cambio le fue muy bien cuando se ventilaba algún asunto de alcance nacional (Bolivia ha tenido cinco elecciones de este tipo en el último lustro). Además, el MAS obtuvo mayorías muy estrechas para lo que era normal en algunos de sus tradicionales baluartes: El Alto, la “ciudad dormitorio” de los migrantes aymaras que trabajan en La Paz (escenario de la mayor parte de las victorias oficialistas), y Oruro, que también es fuertemente indígena.
Al mismo tiempo, el MAS ganó con bastante comodidad (pero no abrumadoramente, como otras veces) la mayoría de las nueve gobernaciones departamentales. Aumentó, a las que ya controlaba, la de Chuquisaca. Sin embargo, una vez más no pudo seducir a los dos departamentos rebeldes del oriente: Santa Cruz y Beni. Tampoco destronó al opositor Mario Cossío de Tarija (aunque estuvo cerca de hacerlo). En el último de los departamentos de la “Media Luna” opositora, el norteño Pando, el MAS lucha palmo a palmo con la oposición, la cual espera no perder una región que siempre ha gobernado.
Todo esto muestra que la hegemonía del partido del Presidente sigue basada en su impresionante ventaja en el mundo rural, que responde a una vieja tradición corporativa uniformadora, llamada “voto campesino”, la cual busca –y a veces logra– la unanimidad. Al mismo tiempo, el MAS perdió algo de la extensión hacia las ciudades y sobre todo hacia los barrios de clase media que logró en diciembre (cuando no fue mayoritario en estas áreas, pero creció respecto a sus posiciones anteriores).
En suma, estas elecciones fueron distintas de las de diciembre. Bolivia es un país históricamente fragmentado y heterogéneo. Este hecho sólo se “supera”, digamos así, cuando entra en juego una ideología unificadora y centralizadora: el nacionalismo de los recursos naturales, cuyo contenido es: estatizar la riqueza y convertirla en la base de la prosperidad de todos (mediante la industrialización), y de cada uno (mediante la redistribución, los bonos, los subsidios, etc.). Esta ideología ha sido la mayor parte del tiempo el “cemento” social; sólo ella ha logrado producir momentos de verdadera hegemonía a lo largo de la historia del país. Actualmente, claro, está representada por Evo Morales y el MAS, por lo que, cuando éstos enfrentan pruebas que los ponen en riesgo, son defendidos y apoyados por la mayoría abrumadora de toda la población. En este caso, la situación fue diferente, pues ni el MAS ni Evo se encuentran amenazados; su poder y la ejecución de sus ideas se hallan plenamente garantizados. Por tanto, ha vuelto a salir a flote el hecho objetivo que el consenso ideológico había encubierto: la fragmentación y la heterogeneidad del país.
Hay que tomar en cuenta que el MAS participa con muchas candidaturas “invitadas”, tanto en el oriente como incluso en el occidente, por lo que muchas de sus victorias municipales serán de “baja calidad” para lograr una actuación partidista coherente. Los invitados se eligieron por razones puramente electorales y seguramente empeorarán la ya reiterativa ineptitud de este partido para gestionar los asuntos locales, y aumentarán la micro-corrución que ya está asociada a su práctica municipal.
En algunos municipios, diferentes agrupaciones indígenas han presentado candidatos propios, lo que muestra su desconfianza en el MAS como representante de sus intereses, y también otro fenómeno muy importante: conforme el MAS crece hasta cubrir bajo su sombra casi el conjunto de la política nacional, el poder le resulta “pequeño” para satisfacer la “empleomanía” de su cada vez más multitudinaria militancia. Por esta razón, aparecen a su vera grupos alternativos. Éstos comparten la misma matriz ideológica que Evo, pero proporcionan a los aspirantes al poder una oportunidad de lucimiento y de acceso al poder que el MAS ya no les concede. En muchos casos, la formación de estos grupos constituye una emulación ingenua de la trayectoria política de Evo (con la idea de que las cosas se repetirán exactamente igual) y hasta una muestra de resentimiento por el “mal trato” recibido por sus creadores cuando estaban en el MAS.
Como parte de este fenómeno, el MAS ha roto su alianza con un partido de cierta importancia, el Movimiento Sin Miedo (MSM), del actual alcalde de La Paz, Juan del Granado. El candidato de este grupo de la izquierda urbana, Luis Revilla, es quien volvió a hacerse del gobierno de esta ciudad (que es la parte de la sede de gobierno donde viven las clases medias).
La ruptura con el MSM podría ser un error estratégico del MAS, porque tiene ciertas condiciones (aunque le será muy difícil) para constituir una oposición a Evo que no hable desde el pasado y que emplee un discurso progresista. La respuesta de las autoridades a este desafío ha sido dura: Del Gradado ya ha sido enjuiciado por corrupción (lo que por norma ocurre con todos los adversarios de cierto peso del oficialismo). Éste es el punto más interesante de la política nacional en este momento. Apoyado en la municipalidad de La Paz, el MSM podría desarrollar una lucha seria contra el Presidente, en especial si éste intenta encarcelar a su líder.
Sin embargo, no debemos olvidar que la mayor contestación al MAS de la que estamos dando cuenta es una suerte de “guerra de guerrillas” del pequeño MSM y decenas de grupos todavía más chicos, de personalidades regionales y agrupaciones de alcance estrictamente local. Visibiliza, como ya dijimos, la heterogeneidad estructural del país, pero no equivale a la formación de un proyecto alternativo de poder. La contrahegemonía aún está en pañales…
Pero podría progresar, aunque dentro de los límites de la ideología dominante, como una actitud de rechazo a la aplicación monopolista de estas ideas por parte del MAS. En ese sentido, llama la atención el que varios de los candidatos alternativos y de los críticos al gobierno que se expresaron en estas elecciones eran, ayer nada más, colaboradores estrechos de Evo. La capacidad cohesiva del MAS deja mucho que desear. La adhesión a la ideología nacional-estatista es más un estado de ánimo y una ilusión colectiva que una toma de conciencia militante, como la que se daba en la izquierda marxista de los años 70.