Terremoto político: los tres errores de Bachelet
A una semana del mayor desastre natural de la era moderna de Chile, el país comienza lentamente el camino de regreso a la normalidad. Con los militares aún en las calles de Concepción y Talcahuano, se ha reinstaurado el estado de derecho y, la Teletón dedicada a socorrer a los damnificados recaudó el doble de lo esperado, casi 60 millones de dólares, con los cuales comienza la edificación de viviendas de emergencia.
Pero las evaluaciones políticas no son tan optimistas. Aunque la prensa extranjera felicita la existencia de una institucionalidad capaz de gestionar la crisis en Chile –cuya ausencia en países como Haití profundiza las ya graves consecuencias de un terremoto-, el listado de errores de gestión hace pequeños agujeros en la antes inmune imagen de la Presidenta Bachelet, justo antes de terminar su mandato.
La primera crítica apunta a un error que aún no tiene responsable, pero que en último término debe asumir la cabeza del gobierno, que al menos pudo aplicar “sentido común” con la escasa información disponible. Si bien el Shoa, la institución que debió alertar sobre el peligro de maremoto, no cumplió su misión (algo inadmisible, está claro), las posteriores entrevistas a los geólogos dejaron claro que frente a un sismo que inestabiliza a alguien de a pie en la costa es imprescindible evacuar hacia zonas más altas. La Presidenta y sus ministros podían ignorar esta información, pero ¿es posible que nadie en la Onemi supiera esto? Las excusas de su directora, Carmen Fernández, decían que al fin y al cabo un tsunami demora unos 20 minutos en golpear la costa, tiempo insuficiente para alertar. Pero en muchas localidades el mar entró casi una hora más tarde. Tanto tiempo pasó que algunos subieron a los cerros y luego, por indicación de la Onemi, alcanzaron a bajar.
Los errores no terminaron ahí. En segundo lugar vino la tardía la decisión de declarar estado de emergencia y llamar a los militares para instaurar el orden. Al parecer, Bachelet no quiso a los militares en la calle en su última semana al mando. Claramente, no es la foto que habría planificado para cerrar su álbum de presidenta. Pero los 11 mil efectivos que salieron hacia el sur el domingo, un día antes habrían evitado el segundo daño más importante que sufrieron no sólo los damnificados, sino la imagen del país: vandalismo, violencia, sensación de indefensión, desamparo en medio del caos. Los militares, por último, no sólo sirven para imponer el orden. Su sola presencia -ayudando a levantar escombros, socorriendo a víctimas en tantas localidades alejadas- habría dado una potente señal de que el estado se hace presente. Además, son en sí mismos un arma disuasiva potente frente al pillaje y todo el abanico delictual.
Finalmente, el sistema de comunicaciones colapsó, y eso debe tener un responsable. Si el sistema es público o privado, si las torres requerían electricidad, si las antenas para celulares se cortaron o el sistema colapsó… todo eso da lo mismo. Un terremoto, un evento predecible en un país como el nuestro, no sólo dejó a la ciudadanía incomunicada. Eso era secundario. Lo tremendo es que las autoridades regionales quedaron aisladas, que el Ejecutivo debió tomar decisiones sin la información suficiente, que la Armada no tenía idea de lo que pasaba.
Para un país que gasta en abundancia en sus Fuerzas Armadas, que se jacta frente a los vecinos de su prosperidad y eficiencia, esto simplemente es una bofetada que llama a la humildad. Los países vecinos, esos a los cuales se intenta “disuadir” a través de la compra de más y más armamento (y que llegaron a socorrer con agua y hospitales oportunamente), ya tienen clara la fragilidad de nuestras comunicaciones, esa que Estados Unidos ayudó a mitigar casi con una limosna, con la veintena de teléfonos satelitales que le sobraban a la delegación de Hillary Clinton.
Por Nicolle Etchegaray