Un héroe para la OEA

Por Juan Ignacio Brito

 Escribiendo en el siglo XIX, Thomas Carlyle criticó la idea de que la solución a los problemas del gobierno resida en introducir cambios y dictar nuevas leyes. Según él, más que reestructurar, lo que se requiere es un líder dispuesto a guiar por medio de la virtud y la sabiduría: un héroe capaz de entusiasmar con su ejemplo.

 Si sigue la receta del filósofo escocés, el recién reelecto José Miguel Insulza tiene una oportunidad dorada para dejar huella en la OEA: puede enredarse en impulsar una incierta y gatopardiana reforma a la Carta Democrática Interamericana que cambiará las cosas para que todo siga igual. O puede utilizar su cargo para ejercer un liderazgo fuerte en la región, dándole presencia a la OEA desde la privilegiada tribuna que ésta le ofrece.

 Durante décadas, la OEA ha sido criticada por ineficaz. Sólo mostró una actuación relevante en los raros momentos en que ha existido alto grado de consenso entre sus miembros. Uno de éstos tuvo lugar a principios de los 90, cuando las jóvenes democracias de la región iniciaron en la Asamblea General celebrada en Santiago en 1991 el proceso que una década más tarde culminó en Lima con la aprobación de la Carta Democrática Interamericana.

 Hoy, a nueve años de que ésta fuera suscrita, ya hay voces que piden reformarla. Aunque en 2002 el entonces secretario general César Gaviria celebraba el carácter preventivo del documento y que enviara “una señal clara y una advertencia” de que no se aceptarían amenazas a la democracia en la región, en febrero pasado Insulza pidió mayores atribuciones para “aplicar la Carta Democrática Interamericana antes y no después de que las crisis se materialicen” y “actuar de manera preventiva”.

 Que hoy Insulza sostenga que falta aquello que Gaviria dijo hace sólo ocho años que había, sugiere que el asunto es más profundo y que una simple reforma tendría para la OEA y su secretario general el mismo efecto que tuvo para don Otto vender su sofá. El problema de fondo es que la OEA tiene un radio de acción limitado por la escasa voluntad de sus miembros a ceder soberanía, por la necesidad de que sus integrantes se pongan de acuerdo y porque, además, habitualmente llega tarde, diseñando soluciones para la crisis que pasó y no para la que viene.

 Esto último queda claro si se considera que la Carta Democrática previene contra la amenaza que suponía para la democracia en América Latina la recurrencia de los golpes militares. Sin embargo, hoy es evidente que tal amenaza ha retrocedido ante la de gobiernos que, usando herramientas institucionales, concentran el poder y restringen las libertades públicas. Si el proceso que produjo la Carta Democrática ocupó 10 años en una época en que existía consenso en la región, ¿será posible que tome cuerpo y se adopte a tiempo una reforma en un continente geopolíticamente dividido como el de hoy?

 Las debilidades estructurales de la OEA hacen que sea muy difícil para ella operar con eficacia, por mucho que la Carta Demócratica afirme que “los pueblos de América tienen derecho a la democracia y sus gobiernos la obligación de promoverla y defenderla”.

 Por eso es inconveniente que el secretario general gaste tiempo y energía en promover una reforma que no resolverá los problemas de fondo. Ello no significa que deba sentarse a esperar que florezcan los cerezos en Washington. Insulza tiene la oportunidad de utilizar el gran activo que le ofrece su cargo en la OEA: el púlpito.

 El puesto de secretario general le entrega el prestigio, la visibilidad, la investidura y la autoridad moral que ningún otro alto funcionario posee en la región. Si la sabe aprovechar, el chileno puede terminar haciendo historia.

 No se trata de que actúe como un iluminado ni pasando a llevar sus atribuciones. Sin esperar reformas que llevarían años de discusiones y llegarían tarde, puede usar con habilidad el instrumental del que ya dispone -que él mismo ha definido como “poderoso”- y la tribuna que posee para asociarse a la causa de la defensa de la democracia contra la principal amenaza que hoy enfrenta en el hemisferio: el auge de gobiernos semiautoritarios al estilo de Hugo Chávez. No hacer lo que realizó durante su primer mandato, cuando impulsó un fallido retorno incondicional de Cuba a la OEA y medió de manera confusa y poco efectiva en la crisis de Honduras, sino mostrar una cara renovada, como insinuó con las tenues críticas que lanzó contra La Habana y Caracas en las últimas semanas.

 El segundo quinquenio de Insulza al frente de la OEA puede ser mucho mejor que el primero. Para que así sea, el secretario general debe aplicar la receta de Thomas Carlyle: entender que las limitaciones del organismo no podrán ser remontadas con reformas y decidirse a ser el héroe que el escocés reclamaba hace casi 170 años.

Esta columna fue publicada en el diario La Tercera el 16 de abril de 2010

http://www.latercera.com/contenido/895_251701_9.shtml

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