La diplomacia regional de Bachelet: Mucho ruido, pocas nueces
Por Nicole Etchegaray
Al terminar el gobierno de la Presidenta Bachelet, resulta oportuno analizar su gestión en el manejo de la relación con nuestros vecinos. Quizá suena demasiado puntual, especialmente cuando el gobierno se vanagloria con el ingreso a la Ocde y los TLC que mantenemos con países del primer mundo. Sin embargo, la complejidad en la relación con países que desde el siglo XIX nos ven como enemigos se acentúa mientras crecen los intereses de importantes grupos económicos chilenos en Perú, cada año aumenta la inmigración peruana, las enormes reservas de gas boliviano se plantean como una solución a nuestro déficit energético y la demanda boliviana por una salida al mar encuentra cada vez más simpatizantes externos.
A pesar de todo esto, el descuido en las relaciones con la región ha sido una constante en las dos décadas de gobierno de la Concertación, y aunque Michelle Bachelet generó fundadas esperanzas sobre un cambio en la visión y el manejo de la política exterior hacia Perú y Bolivia, comenzando con vistosos gestos de acercamiento, la verdad es que pasaron los meses y años, ¿y qué se logró? Poco y nada.
En poco avanzamos con Bolivia, a pesar de que iniciando su mandato, en 2006, la simpatía entre Bachelet en su par Evo Morales se aterrizó en un gesto concreto destinado a resolver una lista de temas pendientes. Se creó así la famosa Agenda de 13 puntos “sin exclusiones”, eufemismo que apuntaba a la aceptación chilena de negociar una solución para su demanda marítima.
Tras cuatro años de trabajo, sin embargo, conocemos muy poco el estado de avance de los problemas, pues las reuniones se mantuvieron en un secretismo poco sano para una democracia. ¿Cuáles son los avances? Lo único que se ha informado es que existe un preacuerdo –nada concreto- que pondría fin al conflicto del Silala, por el que Chile pagaría unos 17 mil dólares al día por el uso del 50% de las aguas. Además, Chile habría aceptado habilitar una terminal especial en el puerto de Iquique para el libre tránsito boliviano. Así, no hay nada firmado, y el único problema realmente conflictivo: la salida al mar, queda pendiente para que lo asuma un gobierno distinto, uno que ya anunció que jamás cedería territorio soberano chileno a otro país. De más está decir que la reconstrucción del país y la salida de la crisis son excusas potentes para volver a ignorar los problemas con un país con el cual el intercambio comercial no es relevante.
Con Perú el panorama es aún más triste. Con este país el gobierno de Bachelet siguió al pie de la letra la histórica política de ignorar los problemas regionales. El resultado es que la relación, en líneas generales, no sólo dejó de avanzar; retrocedió dos peldaños.
La diplomacia peruana había comenzado hace décadas un plan para relativizar los derechos chilenos sobre el territorio que hoy reclama. La Cancillería chilena, insistiendo majaderamente en la “intangibilidad de los tratados”, no puso el freno cuando era tiempo. Debido a la negativa chilena a discutir el tema y presentar nuestros argumentos, el asunto escaló, impulsado además por el nacionalismo peruano, que suele exacerbarse cuando las autoridades están en crisis. El resultado está a la vista.
La Concertación, a pesar de su discurso anti Chicago Boys, en la práctica ha creído que la firma de un TLC y el acelerado aumento de las relaciones comerciales debía mejorar por inercia las relaciones con un país que tiene una herida aún abierta con nosotros. Como si la política pudiera reemplazarse por la economía. Al fin, Bachelet respondió la demanda frente a la Haya a dos días de terminar su gestión, pero nunca debimos llegar a esto. Es verdad que lo hizo con el apoyo cerrado de todo el espectro político, pero le hereda el tema a un hombre que aún no se desliga de Lan, la empresa que los peruanos no olvidan por el vergonzoso incidente del video promocional sobre Perú, acusado de denigrarlos y caricaturizar su pobreza. Ojala éste no sea un presagio del manejo de las relaciones en el nuevo gobierno.