Chávez lo vuelve a hacer

Por Nicole Etchegaray T.

Acostumbrados al autoritarismo chavista, ya nadie se asombra frente a las gravísimas transgresiones a la libertad de expresión (entre otras) que ocurren en Venezuela. Pero no asombrarse no es lo mismo que no inmutarse. Porque cuando un individuo con aires mesiánicos se las arregla para cooptar todo el poder de un estado, no es sólo el concepto abstracto de la democracia lo que se corrompe. Lo que sucede es que día a día comienza a crecer el número de personas, con nombre y apellido, que son aplastadas por un sistema que en realidad debiera protegerlo. Y eso irrita a quienes creen que la dignidad humana está por sobre todo. Claramente, sobre los deseos de un político de prolongar eternamente su poder, cual monarquía absoluta.

La decisión del gobierno chavista de procesar al presidente y accionista de Globovisión, Guillermo Zuloaga, por supuesta “divulgación de información falsa y vilipendio”, es un peldaño más en la meta de Chávez de eliminar por completo a la oposición política en su país, o al menos su capacidad para expresarse.

La ironía es que los cargos contra Zuloaga se basan en sus declaraciones dentro del último  foro de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), donde justamente denunció la falta de libertad de expresión que sufre en su país y acusó el uso de la fuerza para cerrar medios, entre otras formas de represión e intimidación. Para probar la veracidad de sus dichos, ahora enfrenta las acusaciones en su contra frente a un poder Judicial que carece completamente de independencia y no ofrece garantías de un debido proceso.

La OEA, que prontamente reaccionó pidiendo la liberación de Zuloaga, no tiene mucho que hacer para ayudar a quienes son acosados por el gobierno venezolano. Justamente en el contexto de la liberación del empresario periodístico (quien igualmente debe enfrentar el juicio), la Corte Interamericana de Derechos Humanos, CIDH, (dependiente de la OEA), publicó un informe sobre Venezuela que evidencia el uso del “poder punitivo del Estado para intimidar o sancionar a personas en virtud de su opinión política”, entre otros abusos de poder que “restringen el pleno goce de los derechos humanos reconocidos en la Convención Americana sobre Derechos Humanos”.

La reacción de Hugo Chávez ha sido consecuente: expulsó a la CIDH de su país y anunció que se retirarán de la OEA.

Abajo, una selección de las noticias publicadas en diversos medios de comunicación sobre el tema, además del sitio de la CIDH, para revisar el citado informe.

Cidh: Venezuela usa el poder punitivo para criminalizar

El Tiempo, Venezuela

Venezuela recibe duras críticas de la CIDH

BBC

Insulza pide a las autoridades “la pronta liberación” de Zuloaga

El Universal, Venezuela

 Chávez ordena la salida de Venezuela de la CIDH

El País, España

Globovisión en Internet

JM Insulza reelecto en la OEA: Sin pena ni gloria

Por Nicole Etchegaray

 Tras la derrota electoral que sacó de la presidencia chilena a Augusto Pinochet, tras diecisiete años de dictadura, un memorable titular informaba: “Corrió solo y salió segundo”. Sucedió lo contrario con nuestro pánzer, José Miguel Insulza, quien aunque corrió solo, sí fue reelecto para dirigir la OEA por un nuevo periodo. Sin embargo, el contexto de su elección recordaba el tipo de campaña electoral que dio un título tan peculiar a una noticia.

Es verdad que el “aclamado” Secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA) finalmente obtuvo el respaldo de la totalidad de sus 33 países miembros. De hecho, las noticias informaban que obtuvo un “contundente” o “cerrado” respaldo. Pero esta es una realidad informada a medias. Lo cierto es que la reelección de Insulza fue una tarea compleja y llena de obstáculos, a la que inicialmente se oponían desde Estados Unidos a Venezuela, sin olvidar a Perú. Pero no surgieron otros candidatos, lo que en parte demuestra la carencia de liderazgos regionales, pero también que más allá de los éxitos y fracasos de Insulza, sí supo desarrollar una diplomacia de lujo cuando se trató de hacer campaña. 

Gran parte de las críticas al reelecto líder de la OEA se relacionan con el fallido manejo de la crisis de mediados del año pasado en Honduras. Si bien el golpe de estado fue rechazado con decisión, la organización se mostró incapaz de manejar las negociaciones entre el depuesto Manuel Zelaya y el golpista Roberto Micheletti y el orden democrático se restauró, pero a través de un proceso fuertemente criticado por la OEA, donde quedó fuera incluso de la observación de las elecciones.

Pero éste no es el único argumento contra Insulza. Los reparos de Estados Unidos a su candidatura apuntaron más a su silencio o falta de iniciativa frente al evidente deterioro de la democracia en países como Venezuela, donde periódicamente se conoce sobre atropellos a la oposición, graves restricciones a libertad de expresión y el debilitamiento de la separación entre los poderes del estado. Ni hablar del rol de la organización en torno al tema cubano y los presos por “crímenes” ideológicos.

Por el flanco opuesto, las críticas no fueron menos duras. Venezuela, Nicaragua y Canadá no anunciaron su decisión hasta el mismo día de la votación. Los líderes de los primeros países, de hecho, declararon hace unos meses que esperaban un cambio en el organismo, que su parecer se estaba transformando en un “instrumento del imperio”.

En medio de un continente crecientemente polarizado, no era de extrañar las críticas cruzadas. El problema es que el triunfo que hoy celebra Insulza no soluciona la contradicción profunda de estos duros cuestionamientos, los que seguirán lloviendo sobre él durante los cinco años de mandato que comienza. La pregunta es, entonces, ¿qué hará al respecto?

No se puede cuestionar ninguna acción de Hugo Chávez ni de ninguna figura adscrita al ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América) sin ser víctima de los peores ataques y descalificaciones por parte del controversial Mesías bolivariano. No se puede hacer mucho, tampoco, frente a la falta de interés de Estados Unidos en promover un acercamiento hacia la región, la cual reclama una relación más horizontal y directa, el levantamiento del embargo contra Cuba y una política antidrogas que se haga cargo de la cuota de responsabilidad norteamericana y no insista en la visión puramente militarista.

En un escenario como éste, es realmente complejo administrar un organismo multilateral que debe actuar por consenso y cuyo liderazgo está limitado estrictamente por el respeto a la soberanía de cada uno de los países miembros.

Tal cual las cosas, el desafío de José Miguel Insulza es que, atado de manos como está, debe encontrar la manera de transformar a la  OEA en un personaje relevante de la actualidad americana. ¿Cómo hacerlo? Esa es la pregunta del millón. Si no la conoce, o al menos la intuye, no es fácil entender por qué su obstinación con el cargo en el cual se prolonga, pues si no cambian las cosas, la institución se hará cada vez más insignificante y él terminará los cinco años que vienen igual que los anteriores, sin pena ni gloria.

Insulza reelegido como secretario general de la OEA

El Nuevo Herald

 Insulza es reelecto en la OEA por aclamación pero con críticas

La Tercera

 Insulza dice que OEA hoy es más fuerte y prevé “buena asamblea” en Medellín

La Tercera

 Países miembros de la OEA dan voto de confianza a José Miguel Insulza y lo reeligen hasta el 2015

El Mercurio

 Reelección de José Miguel Insulza

El Mercurio, Editorial

 Insulza es reelegido en la OEA con el apoyo de Venezuela y Nicaragua

Emol

 Insulza: “No repetiría tratar de ser candidato presidencial estando en la OEA”

El Mercurio, Crónica

 Carta Democrática Interamericana

OEA

BOLIVIA: El día de la herida

Por Nicolle Etchegaray T.

El Día del Mar en Bolivia, que se celebra cada  23 de marzo, no festeja un triunfo bélico como sucede en Chile. Ligado a la misma Guerra del Pacífico, lo que recuerda esta fecha es mucho más que la derrota sufrida hace 131 años. Se conmemora una herida abierta que hoy forma parte esencial de la identidad boliviana.

Ceder el territorio que hoy corresponde a la Región de Antofagasta en Chile no significó únicamente la pérdida económica de un territorio rico en salitre primero y luego en cobre. Territorios extensos perdería Bolivia en otras guerras, mucho más sangrientas y traumáticas para quienes participaron de ellas, y que sin embargo dejaron menos traumas. El problema de esta pérdida es que amputó al país la totalidad de su territorio marítimo, su gran puerta de salida al mundo; metafóricamente, el aire fresco cuya ausencia ha dibujado toda la cultura nacional en torno al concepto del enclaustramiento, del encierro.

Por eso es que Bolivia jamás renunciará a su demanda por una salida al mar. Las relaciones de Chile con este país tendrán siempre esta problemática en el centro, aún si para efectos diplomáticos el tema se esconde entre otros doce asuntos en la famosa Agenda de 13 puntos. Todos los conflictos ajenos al mar son atingentes, pero no cambiarán sustancialmente el tono de las relaciones ni representan un desafío muy complejo para ninguna administración, de aquí ni de allá.

En la actualidad, aún cuando una encuesta publicada por el diario boliviano La Razón asegura que la percepción de los chilenos ha mejorado sustancialmente en Bolivia (la mayoría de los bolivianos considera a los chilenos amistosos y el 46% que no existen conflictos pendientes), el mar está en el centro de la agenda política. La acertada decisión de la ex Presidenta Michelle Bachelet de abrirse a negociar una solución a para los temas pendientes, incluido el mar, ha contribuido a mejorar el clima político, pero en lo concreto no se produjeron grandes avances, y hasta que no se encuentre la manera de solucionar la histórica “reivindicación” boliviana, el problema perseguirá a Chile en cada vitrina internacional, escalará y se transformará en un problema más serio. 

Para recordarlo, el lunes 22, un comunicado oficial de la Cancillería boliviana declaraba: “el pueblo de Bolivia junto al Gobierno del Estado Plurinacional mantienen invariable su demanda de reivindicación marítima, bajo la premisa de que nuestra salida libre y soberana a las costas del océano Pacífico significa una restitución de justicia con Bolivia”. Luego, en las celebraciones del Día del Mar boliviano, Evo Morales reiteró que la aspiración marítima es “irrenunciable” y que si el diálogo con nuestro país fracasa no se descarta apelar a la comunidad internacional.

El Presidente Morales ha sido especialmente deferente con su par chileno, aclarando que no es el momento de presionar a Sebastián Piñera, quien comenzando su gobierno debe enfrentar la crisis post terremoto. Sin embargo, es necesario entender que esta luna de miel no durará si no se retoma la agenda pendiente en vistas del asunto marítimo. Si la Agenda de 13 puntos no se retoma pronto y avanza, comenzará el asedio político. Es sólo cosa de tiempo.

A propósito del Día del Mar: La guerra trágica bolivianaPor Sergio Molina M

Comunicado: Conmemoración de los 131 años de la pérdida del litoral boliviano

Bolivia pide a Chile que la prioridad sea el mar

Militares y policías honran el Día del Mar con nuevo lema

A propósito del Día del Mar: La guerra trágica boliviana

Por Sergio Molina M.

El 23 de marzo Bolivia conmemora la Guerra del Pacífico, la más trágica de la que fue protagonista (aunque no la más cruenta: faltaría medio siglo todavía para eso, y sería la del Chaco con Paraguay). Pero la de 1879 fue la más importante porque ocasionó no sólo pérdidas territoriales sino un enclaustramiento marítimo que generó una transformación cultural sin precedentes. Aunque sea difícil de entender para quienes no conocen el país, no es un tema olvidado y añejo, sino uno de los pilares de nuestro imaginario colectivo que hoy, además, tiene rango constitucional.

El mar no es un problema económico, al margen de los análisis que puedan hacer economistas como Jeffrey Sachs (-0,7% anual del PIB para los países sin puertos). El hecho de haber sido confinado a las montañas y la selva pesa trágicamente en la idiosincrasia boliviana.

Es un día también en el que se recuerdan frases heroicas (esas que uno nunca sabrá si realmente fueron pronunciadas, pero que son parte de cualquier mitología). Se dice que cuando las tropas chilenas exigieron la rendición del máximo héroe boliviano, Eduardo Abaroa, recibieron por respuesta: “¿Rendirme yo? ¡Que se rinda su abuela, carajo!”. Menos poética que la de Arturo Prat pero igual de trágica.

Pero no nos equivoquemos, no hay grandeza en las guerras (o ésta se camufla cobardemente entre el nacionalismo y la literatura). Las guerras significan dolor y muerte, y dejan heridas difíciles de restañar. Pocas veces los involucrados se dotan de la valentía necesaria, asumen las pérdidas, tienen realismo político y, sobre todo, se muestran dispuestos a ceder. Entre bolivianos y chilenos, 131 años después, parecerían no haber nacido aún los hombres y mujeres dispuestos a esos sacrificios.
Hace algunos años, muchos pensaban en Chile que Sánchez de Lozada, el pragmático, o Carlos Mesa, el intelectual, eran capaces de enfrentar el problema. Pocos se imaginaron que el primero sería incapaz de concluir su periodo, o que el segundo terminaría pateando el tablero y promoviendo un plebiscito vinculante en el cual se aprobó la muletilla de “gas por mar”. A la inversa, ¿quién hubiera creído en ese entonces que el mayor acercamiento entre ambos gobiernos —después del “abrazo de Charaña” entre Hugo Banzer y Augusto Pinochet—, lo iba a protagonizar un indígena y una mujer que sacaron de sus mangas sutilezas florentinas? Y hoy, ¿alguien imagina a Sebastián Piñera y Evo Morales juntos, más allá de una cancha de fútbol? Después de todo, siempre queda la esperanza.

 El lunes en toda Bolivia se realizaron esos tradicionales desfiles cívico-militares al que íbamos los estudiantes uniformados, cuando creíamos —ingenuos— que existían buenos y malos en la historia, que el gris era para días graves, de lluvia. Quizá haya manifestaciones multitudinarias, documentales por TV o discursos conciliadores, quién lo sabe. Pero de seguro no faltarán salteñas, helados ni algodón de dulce… o la ilusión de ver a hermosas guaripoleras haciendo piruetas ante el público, o los trajes gastados, pero limpios y recién planchados de los excombatientes que aún quedan de otras guerras más recientes.

El mar es y seguirá siendo parte indisoluble de la cultura boliviana, una piedra en el zapato, una asignatura pendiente, el personaje preferido de Bram Stoker, aquel que puede morir por siglos, pero que por cualquier motivo, aún el más inesperado, resucita y vuelve a morder el cuello de todos nosotros, sus víctimas.

Los DD.HH. en Cuba: la maquinaria de la represión

Por Nicolle Etchegaray

Criticar al gobierno cubano y sus incesantes atropellos a los derechos humanos fue un tema polémico hasta hace poco tiempo atrás. Al parecer, aún en contra de las evidencias, era difícil criticar frontalmente a un gobierno que simbolizaba el idealismo romántico de unos jóvenes que lucharon por romper con la injusticia social, con la opresión de los poderosos, con la falta de oportunidades, la pobreza y la indignidad.

Enfrentar a otras dictaduras, como la chilena, siempre generó consenso. La falta de garantías individuales, el atropello constante a la libertad de expresión, la profesionalización del terror, la tortura, el asesinato por motivaciones políticas, todos los crímenes cometidos en este país durante 17 años, produjeron la indignación del mundo entero y el apoyo generalizado a las víctimas. Sin embargo, muchos creyeron que los mismos crímenes resultaban menos monstruosos si eran protagonizados por un gobierno “idealista” en contra de personas que -aunque nunca protagonizaron un acto de violencia-, disentían del ideario político que se proclamaba a sí mismo como la solución a todo tipo de penuria social.

Tras cinco décadas de castrismo, recién comienza a generarse un consenso público en torno a la magnitud de sus abusos. La evidencia ya es irrefutable. El último informe de Human Rights Watch sobre Cuba documenta cómo las leyes cubanas, en vez de proteger al individuo frente a quienes ostentan el poder, legitiman la represión; de hecho, la legislación penal está especialmente concebida para aplastar a la disidencia a través de las limitaciones a las libertades de expresión, asociación, reunión, prensa y movimiento.

De acuerdo al informe, “las autoridades cubanas continúan calificando de delitos penales actividades no violentas tales como las reuniones para debatir la economía o las elecciones, las cartas al Gobierno, las informaciones periodísticas sobre acontecimientos políticos o económicos, hablar con reporteros internacionales o defender la puesta en libertad de presos políticos”. Así, con todo el peso de la ley, activistas pacíficos y periodistas (entre otros) son encarcelados en medio de procesos que fallan jueces que no son sino empleados de Castro, para luego podrirse en cárceles donde, de acuerdo al mismo informe de HRW, enfrentan “condiciones por debajo de la norma e insalubres, en las que los presos se enfrentan al abuso físico y sexual”.

Contra este sistema luchó pacíficamente Orlando Zapata Tamayo. Condenado a más de treinta años de cárcel por expresar ideas contrarias “a los fines del Estado socialista”, quién sabe qué tipo de torturas y vejámenes habrá enfrentado reiteradamente. Su valentía no fue aplastada a pesar de los años de maltrato, en los que ni siquiera los representantes de la iglesia católica pudieron visitarlo. Al fin, su única trinchera de libertad se redujo a la decisión de morir de hambre luchando por la dignidad de otros valientes como él.

Zapata es el nuevo símbolo de la lucha contra la dictadura que comenzó Fidel Castro en 1949 y que hoy perpetúa su hermano Raúl, cual monarquía absolutista. Pero su muerte no es la única ni la peor que haya registrado la isla en estos años. Su importancia está en la forma en que ha sensibilizado a los ciudadanos de todo el mundo, incluida la intelectualidad de izquierda, sobre la necesidad de presionar por el respeto de los Derechos Humanos más elementales en Cuba.

A continuación un listado de documentos y noticias, entre las que se encuentran el informe citado de Human Rights Watch y el blog en el cual se recolectan firmas de adhesión a la causa por la liberación de los presos políticos en Cuba.

La maquinaria represiva de Cuba: Los derechos humanos cuarenta años después de la revolución

Human Rights Watch    

Por la libertad de los presos políticos cubanos

Blog “Yo acuso al gobierno cubano”

Cuba: Obama pide el fin de la represión y la libertad de los presos políticos en la isla

Infolatam, Washington

Las Damas de Blanco

Sitio web de Las Damas de Blanco

 

Cuba: Expresarse libremente puede llevarte a la cárcel

Amnesty International

Lula y los Castro, Por Mario Vargas Llosa

El País, España

Carlos Malamud, Lula y el respeto por las leyes cubanas

Infolatam

Cuba: Fariñas, hospitalizado inconsciente tras 16 días de huelga de hambre y sed

Infolatam

Pablo Milanés: “No estoy de acuerdo con la actitud de Castro hacia los contestatarios”

La Voz de Galicia

Primavera negra en Cuba

Por Santiago Escobar – El Mostrador, Chile

Trueba, Ian Gibson y Andy García exigen Derechos Humanos en Cuba

El Mundo

Repudio a campaña mediática contra Cuba

Ministerio Relaciones Exteriores de Cuba

Desordenadas elecciones en Colombia

El desorden administrativo y los problemas técnicos enlodaron completamente las elecciones legislativas de Colombia, además de las internas del Partido Conservador para elegir a su candidato presidencial, ambas realizadas el pasado domingo 14 de marzo en un clima de normalidad.

Junto con los resultados sobre la elección parlamentaria, por la cual se renuevan 102 miembros del Senado y 166 de la Cámara, existía gran expectativa en torno al candidato conservador para la elección presidencial que se realizará este año, que se dirimía entre dos cercanos colaboradores del Presidente Uribe, la ex canciller Noemí Sanín y el ex ministro de Agricultura Andrés Felipe Arias.

Los resultados, que se debían entregar el mismo día de las elecciones, sufrieron una enorme dilación, al tiempo que algunos candidatos y el mismo Presidente, Álvaro Uribe, además de algunos candidatos, comenzaron  a exigir

Finalmente, las autoridades electorales colombianas informaron que los comicios fueron suspendidos en Bogotá y otras regiones, esperando que se superen las dificultades que, al parecer, derivaron de ataques informáticos.

A continuación se despliega una selección de las informaciones publicadas en medios electrónicos de Colombia y el exterior.

Elecciones 2010: “Los partidos políticos no han querido hacer una reforma electoral”: Registrador

Semana.com

Achacan la demora a un ataque informático

El Nuevo Herald, Estados Unidos

 

Registrador, en el centro de la polémica por elecciones

Colombia.com

Con ASD, nueva empresa encargada de sistematizar datos, arrancaron escrutinios en el país

El Tiempo, Colombia

Colombia: suspendido el escrutinio en Bogotá y otras regiones

Infolatam

Colombia: amenazas ensombrecen elecciones

BBC Mundo

Portal sobre las elecciones de El Tiempo

El Tiempo, Colombia

Lula y los Castro

Por MARIO VARGAS LLOSA
El País.com
7 de marzo, 2010

http://www.elpais.com/articulo/opinion/Lula/Castro/elpepiopi/20100307elpepio

PIEDRA DE TOQUE. Cuando se trata del exterior, el presidente brasileño se desviste de los atuendos democráticos y se abraza con la hez de América Latina. Su foto con Raúl y Fidel me retorció las tripas

Mi capacidad de indignación política se embota algo los meses del año que paso en Europa. La razón, supongo, es que vivo allá en países democráticos en los que, no importa los problemas que padezcan, hay un amplio margen de libertad para la crítica, y los medios, los partidos, las instituciones y los individuos suelen protestar con entereza y ruido cuando se suscita un hecho afrentoso y despreciable, sobre todo en el campo político.

En América Latina, en cambio, donde paso tres o cuatro meses al año, aquella capacidad de indignación retorna siempre, con la furia de mi juventud, y me hace vivir en el quién vive, desasosegado y alerta, esperando (y preguntándome de dónde vendrá esta vez) el hecho execrable que, generalmente, pasará inadvertido para el gran número, o merecerá el beneplácito o la indiferencia general.

Esta mañana he vivido una vez más esa sensación de asco e ira, viendo al risueño presidente Lula del Brasil, abrazando cariñosamente a Fidel y Raúl Castro, en los mismos momentos en que los esbirros de la dictadura cubana correteaban a los disidentes y los sepultaban en los calabozos para impedirles asistir al entierro de Orlando Zapata Tamayo, el albañil opositor y pacifista de 42 años, del Grupo de los 75, al que la satrapía castrista dejó morir de hambre -luego de someterlo en vida a confinamiento, torturas y condenarlo con pretextos a más de 30 años de prisión- tras 85 días de huelga de hambre.

Cualquier persona que no haya perdido la decencia y tenga un mínimo de información sobre lo que ocurre en Cuba espera del régimen castrista que actúe como lo ha hecho. Hay una absoluta coherencia entre la condición de dictadura totalitaria de Cuba y una política terrorista de persecución a toda forma de disidencia y de crítica, la violación sistemática de los más elementales derechos humanos, procesos amañados para sepultar a los opositores en cárceles inmundas y someterlos allí a vejaciones hasta enloquecerlos, matarlos o empujarlos al suicidio. Los hermanos Castro llevan
51 años practicando esa política y sólo los idiotas podrían esperar de ellos un comportamiento distinto.

Pero de Luiz Inácio Lula da Silva, gobernante elegido en comicios legítimos, presidente constitucional de un país democrático como Brasil, uno esperaría, por lo menos, una actitud algo más digna y coherente con la cultura democrática que en teoría representa, y no la desvergüenza impúdica de lucirse, risueño y cómplice, con los asesinos virtuales de un disidente democrático, legitimando con su presencia y proceder la cacería de opositores desencadenada por el régimen en los mismos momentos en que él se fotografiaba abrazando a los verdugos de Orlando Zapata Tamayo.

El presidente Lula sabía perfectamente lo que hacía. Antes de viajar a Cuba, 50 disidentes cubanos le habían pedido una audiencia durante su estancia en La Habana y que intercediera ante las autoridades de la isla por la liberación de los presos políticos martirizados como Zapata en los calabozos cubanos. Él se negó a ambas cosas. Tampoco los recibió ni abogó por ellos en sus dos anteriores visitas a la isla, cuyo régimen liberticida siempre elogió sin el menor eufemismo.

Por lo demás, esta manera de proceder del mandatario brasileño ha caracterizado todo su mandato. Hace años que, en su política exterior, desmiente de manera sistemática su política interna, en la que respeta las reglas del Estado de derecho, y, en economía, en vez de las recetas marxistas que proponía cuando era sindicalista y candidato -dirigismo económico, nacionalizaciones, rechazo a la inversión extranjera, etcétera-, promueve una economía de mercado y de libre empresa como cualquier estadista socialdemócrata europeo.

Pero, cuando se trata del exterior, el presidente Lula se desviste de los atuendos democráticos y se abraza con el comandante Chávez, con Evo Morales, con el comandante Ortega, es decir, con la hez de América Latina, y no tiene el menor escrúpulo en abrir las puertas diplomáticas y económicas del Brasil a la satrapía teocrática integrista de Irán. ¿Qué significa esta duplicidad?
¿Que el presidente Lula nunca cambió de verdad? ¿Que es un simple travestido, capaz de todos los volteretazos ideológicos, un politicastro sin espina dorsal cívica y moral? Según algunos, los designios geopolíticos para Brasil del presidente Lula están por encima de pequeñeces como que Cuba sea, con Corea del Norte, una de las dictaduras donde se cometen los peores atropellos a los derechos humanos y donde hay más presos políticos. Lo importante para él serían cosas más trascendentes como el puerto de Mariel, que Brasil está financiando con 300 millones de dólares así como la próxima construcción por Petrobras de una fábrica de lubricantes en La Habana. Ante realizaciones de este calado ¿qué puede importarle al “estadista” brasileño que un albañil cubano del montón, y encima negro y pobre, muera de hambre clamando por nimiedades como la libertad?

En verdad, todo esto significa, ay, que Lula es un típico mandatario “democrático” latinoamericano. Casi todos ellos están cortados por la misma tijera y casi todos, unos más, otros menos, aunque -cuando no tienen más
remedio- practican la democracia en el seno de sus propios países, en el exterior no tienen reparo alguno, como Lula, en cortejar a dictadores y demagogos tipo Chávez o Castro, porque creen, los pobres, que de este modo aquellos manoseos les otorgarán una credencial de “progresistas” que los libre de huelgas, revoluciones, acoso periodístico y de campañas internacionales acusándolos de violar los derechos humanos. Como recuerda el analista peruano Fernando Rospigliosi, en un admirable artículo, “Mientras Zapata moría lentamente, los presidentes de América Latina -incluido el sátrapa cubano- se reunían en México para formar una organización -¡otra
más!- regional. Ni una palabra salió de allí para demandar la libertad o un mejor trato para los más de 200 presos políticos cubanos”. El único que se atrevió a protestar -un justo entre los fariseos- fue el presidente electo de Chile Sebastián Piñera.

De manera que la cara de cualquiera de estos jefes de Estado hubiera podido reemplazar a la de Luiz Inácio Lula da Silva, abrazando a los hermanos Castro, en la foto que me retorció las tripas al leer la prensa de esta mañana.

Esas caras no representan la libertad, la limpieza moral, el civismo, la legalidad y la coherencia en América Latina. Estos valores se encarnan en personas como Orlando Zapata Tamayo, las Damas de Blanco, Oswaldo Payá, Elizardo Sánchez, la bloguera Yoani Sánchez, y demás cubanos y cubanas que, sin dejarse intimidar por el acoso, las agresiones y vejaciones cotidianas de que son víctimas, se siguen enfrentando a la tiranía castrista. Y se encarnan, asimismo, en principalísimo lugar, en los centenares de prisioneros políticos y, sobre todo, en el periodista independiente Guillermo Fariñas, que, cuando escribo este artículo, lleva ya ocho días de huelga de hambre en Cuba para protestar por la muerte de Zapata y exigir la liberación de los presos políticos.

Curiosa y terrible paradoja: que sea en el seno de uno de los más inhumanos y crueles regímenes que haya conocido el continente donde se hallen hoy los más dignos y respetables políticos de América Latina.

© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2010 © Mario Vargas Llosa, 2010

La diplomacia regional de Bachelet: Mucho ruido, pocas nueces

Por Nicole Etchegaray


Al terminar el gobierno de la Presidenta Bachelet, resulta oportuno analizar su gestión en el manejo de la relación con nuestros vecinos. Quizá suena demasiado puntual, especialmente cuando el gobierno se vanagloria con el ingreso a la Ocde y los TLC que mantenemos con países del primer mundo. Sin embargo, la complejidad en la relación con países que desde el siglo XIX nos ven como enemigos se acentúa mientras crecen los intereses de importantes grupos económicos chilenos en Perú, cada año aumenta la inmigración peruana, las enormes reservas de gas boliviano se plantean como una solución a nuestro déficit energético y la demanda boliviana por una salida al mar encuentra cada vez más simpatizantes externos.

A pesar de todo esto, el descuido en las relaciones con la región ha sido una constante en las dos décadas de gobierno de la Concertación, y aunque Michelle Bachelet generó fundadas esperanzas sobre un cambio en la visión y el manejo de la política exterior hacia Perú y Bolivia, comenzando con vistosos gestos de acercamiento, la verdad es que pasaron los meses y años, ¿y qué se logró? Poco y nada.

En poco avanzamos con Bolivia, a pesar de que iniciando su mandato, en 2006, la simpatía entre Bachelet en su par Evo Morales se aterrizó en un gesto concreto destinado a resolver una lista de temas pendientes. Se creó así la famosa Agenda de 13 puntos “sin exclusiones”, eufemismo que apuntaba a la aceptación chilena de negociar una solución para su demanda marítima.

Tras cuatro años de trabajo, sin embargo, conocemos muy poco el estado de avance de los problemas, pues las reuniones se mantuvieron en un secretismo poco sano para una democracia. ¿Cuáles son los avances? Lo único que se ha informado es que existe un preacuerdo –nada concreto- que pondría fin al conflicto del Silala, por el que Chile pagaría unos 17 mil dólares al día por el uso del 50% de las aguas. Además, Chile habría aceptado habilitar una terminal especial en el puerto de Iquique para el libre tránsito boliviano. Así, no hay nada firmado, y el único problema realmente conflictivo: la salida al mar, queda pendiente para que lo asuma un gobierno distinto, uno que ya anunció que jamás cedería territorio soberano chileno a otro país. De más está decir que la reconstrucción del país y la salida de la crisis son excusas potentes para volver a ignorar los problemas con un país con el cual el intercambio comercial no es relevante.

Con Perú el panorama es aún  más triste. Con este país el gobierno de Bachelet siguió al pie de la letra la histórica política de ignorar los problemas regionales. El resultado es que la relación, en líneas generales, no sólo dejó de avanzar; retrocedió dos peldaños.

La diplomacia peruana había comenzado hace décadas un plan para relativizar los derechos chilenos sobre el territorio que hoy reclama. La Cancillería chilena, insistiendo majaderamente en la “intangibilidad de los tratados”, no puso el freno cuando era tiempo. Debido a la negativa chilena a discutir el tema y presentar nuestros argumentos, el asunto escaló, impulsado además por el nacionalismo peruano, que suele exacerbarse cuando las autoridades están en crisis. El resultado está a la vista.

La Concertación, a pesar de su discurso anti Chicago Boys, en la práctica ha creído que la firma de un TLC y el acelerado aumento de las relaciones comerciales debía mejorar por inercia las relaciones con un país que tiene una herida aún abierta con nosotros. Como si la política pudiera reemplazarse por la economía. Al fin, Bachelet respondió la demanda frente a la Haya a dos días de terminar su gestión, pero nunca debimos llegar a esto. Es verdad que lo hizo con el apoyo cerrado de todo el espectro político, pero le hereda el tema a un hombre que aún no se desliga de Lan, la empresa que los peruanos no olvidan por el vergonzoso incidente del video promocional sobre Perú, acusado de denigrarlos y caricaturizar su pobreza. Ojala éste no sea un presagio del manejo de las relaciones en el nuevo gobierno.

Terremoto político: los tres errores de Bachelet

A una semana del mayor desastre natural de la era moderna de Chile, el país comienza lentamente el camino de regreso a la normalidad. Con los militares aún en las calles de Concepción y Talcahuano, se ha reinstaurado el estado de derecho y, la Teletón dedicada a socorrer a los damnificados recaudó el doble de lo esperado, casi 60 millones de dólares, con los cuales comienza la edificación de viviendas de emergencia.

Pero las evaluaciones políticas no son tan optimistas. Aunque la prensa extranjera felicita la existencia de una institucionalidad capaz de gestionar la crisis en Chile –cuya ausencia en países como Haití profundiza las ya graves consecuencias de un terremoto-, el listado de errores de gestión hace pequeños agujeros en la antes inmune imagen de la Presidenta Bachelet, justo antes de terminar su mandato.

La primera crítica apunta a un error que aún no tiene responsable, pero que en último término debe asumir la cabeza del gobierno, que al menos pudo aplicar “sentido común” con la escasa información disponible. Si bien el Shoa, la institución que debió alertar sobre el peligro de maremoto, no cumplió su misión (algo inadmisible, está claro), las posteriores entrevistas a los geólogos dejaron claro que frente a un sismo que inestabiliza a alguien de a pie en la costa es imprescindible evacuar hacia zonas más altas. La Presidenta y sus ministros podían ignorar esta información, pero ¿es posible que nadie en la Onemi supiera esto? Las excusas de su directora, Carmen Fernández, decían que al fin y al cabo un tsunami demora unos 20 minutos en golpear la costa, tiempo insuficiente para alertar. Pero en muchas localidades el mar entró casi una hora más tarde. Tanto tiempo pasó que algunos subieron a los cerros y luego, por indicación de la Onemi, alcanzaron a bajar.

Los errores no terminaron ahí. En segundo lugar vino la tardía la decisión de declarar estado de emergencia y llamar a los militares para instaurar el orden. Al parecer, Bachelet no quiso a los militares en la calle en su última semana al mando. Claramente, no es la foto que habría planificado para cerrar su álbum de presidenta. Pero los 11 mil efectivos que salieron hacia el sur el domingo, un día antes habrían evitado el segundo daño más importante que sufrieron no sólo los damnificados, sino la imagen del país: vandalismo, violencia, sensación de indefensión, desamparo en medio del caos. Los militares, por último, no sólo sirven para imponer el orden. Su sola presencia -ayudando a levantar escombros, socorriendo a víctimas en tantas localidades alejadas- habría dado una potente señal de que el estado se hace presente. Además, son en sí mismos un arma disuasiva potente frente al pillaje y todo el abanico delictual.

 

Finalmente, el sistema de comunicaciones colapsó, y eso debe tener un responsable. Si el sistema es público o privado, si las torres requerían electricidad, si las antenas para celulares se cortaron o el sistema colapsó… todo eso da lo mismo. Un terremoto, un evento predecible en un país como el nuestro, no sólo dejó a la ciudadanía incomunicada. Eso era secundario. Lo tremendo es que las autoridades regionales quedaron aisladas, que el Ejecutivo debió tomar decisiones sin la información suficiente, que la Armada no tenía idea de lo que pasaba.

 

Para un país que gasta en abundancia en sus Fuerzas Armadas, que se jacta frente a los vecinos de su prosperidad y eficiencia, esto simplemente es una bofetada que llama a la humildad. Los países vecinos, esos a los cuales se intenta “disuadir” a través de la compra de más y más armamento (y que llegaron a socorrer con agua y hospitales oportunamente), ya tienen clara la fragilidad de nuestras comunicaciones, esa que Estados Unidos ayudó a mitigar casi con una limosna, con la veintena de teléfonos satelitales que le sobraban a la delegación de Hillary Clinton.

Por Nicolle Etchegaray

 
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