Uruguay para todo el mundo
“Un mar de frente” (en referencia a la avalancha de votos que tuvo el Frente Amplio) fue el titular de Brecha, la conocida publicación de izquierda en Uruguay.
El País, más conservador, titulaba con un clásico: “Mujica es el nuevo Presidente”.
“Amándote, amándote”, la popular melodía de Jaime Ross, fue la portada de Página 12 y resumía en dos palabras el sentimiento de buena parte de la izquierda continental.
Pero al margen de la adscripción política de cada quien, Uruguay fue la mejor noticia posible para todos nosotros porque en otra muestra más de su espíritu y vocación democrática eligió a José Mujica como nuevo mandatario, un veterano militante de izquierda, encarcelado y torturado por sus ideas radicales y plenamente reconvertido a la democracia.
Como bien afirma Claudio Aliscioni en Clarín de la Argentina: “No ha sido José Mujica el único ganador en el balotaje uruguayo. Quien considere de ese modo la elección tal vez pierda de vista el cuadro general, que es un poco más complejo. Lo que triunfó ayer aquí, en verdad, es un proyecto comunitario de décadas que encuentra ahora su punto de culminación con la llegada de un ex guerrillero al poder máximo del Estado”.
El triunfo del Frente Amplio es también una prueba para saber si continúa esa alquimia virtuosa del estatismo y la inversión privada permitiendo, entre muchas otras cosas, que el ingreso per capita duplique el promedio regional, creciendo un tercio desde 2004. Mujica representa de forma diáfana continuidad con la gestión de Tabaré Vásquez quien le dio su apoyo irrestricto en estas semanas y es, a la vez, es el mejor ejemplo de lo que puede hacer una fuerza progresista si reenfoca sus viejas demandas e interpreta los nuevos desafíos que se le presentan (está vez en democracia y globalizados).
Curiosamente, también expresa el consenso y la transversalidad que han sido el secreto del éxito de la política uruguaya, y que va mucho más allá del Frente Amplio. Y que hoy convierten a Uruguay en un país pionero en el mundo, que entrega, por ejemplo, un computador a todos los estudiantes de colegios públicos (que representan la inmensa mayoría), lo cual sólo es posible por sus dimensiones y por la solidez de su sistema educativo.
Como afirma Washington Beltrán de El País de Uruguay “la prioridad debe ser terminar con la polarización de la sociedad (uruguaya) y construir el Uruguay de todos”.
El desafío de Mujica: unir el país
El País de Uruguay
(Washington Beltrán Storace).- José Mujica será el próximo Presidente de los orientales. Tal el pronunciamiento rotundo y categórico del pueblo en la última instancia electoral. A Mujica, a su compañero de fórmula, Danilo Astori y al Frente Amplio, las felicitaciones por el inobjetable triunfo obtenido y algunas reflexiones, que eran muy válidas también, para el caso de que el victorioso hubiera sido Lacalle.
La larga y extenuante campaña, ya es historia. No vamos a volver sobre eso, ni a analizar las fortalezas y debilidades exhibidas por los candidatos. Sí destacar que todos quedamos con la sensación de que tenemos un país partido en dos, que si ya había síntomas de ello antes de la lucha electoral, ésta los agravó y los elevó a un nivel que causa pavor: se perdió la referencia de que somos compatriotas, que tenemos el mismo y enorme cariño por nuestro país, y lo único que nos diferencia es que -gracias a Dios- a veces pensamos distinto o tenemos ideas diferentes; que podemos ser adversarios, pero jamás enemigos.
En el horizonte de nuestro Uruguay de hoy (30 de noviembre de 2009), no existen negros nubarrones por una crisis económica que nos haga tambalear, ni acechanzas políticas que amenacen nuestras instituciones. Pero hay algo más grave, tenemos una sociedad profundamente dividida.
No nos preocupa la dureza empleada por momentos en la campaña entre los distintos dirigentes políticos. Eso, decibeles más o menos, es parte del habitual juego electoral. Son profesionales, están curtidos, tienen relación entre ellos -muchas veces muy buena-, conocen esos “códigos” e incluso comparten el mismo lugar de trabajo (el Parlamento). Si nos inquieta como ello puede haber repercutido en el corazón de los militantes de a pie, sobre todo de los jóvenes, idealistas cruzados de sus causas políticas. De aquellos que, sin más interés que el del amor y la identificación con una divisa, se lanzaron a las calles a luchar por sus sueños y participaron estoica y entusiastamente de todas las movilizaciones; los primeros en llegar y los últimos en irse.
Este es el gran desafío del próximo gobierno de Mujica. Como Presidente de la República, como el Jefe de Estado, tendrá responsabilidad primera en la materia; pero no única. También la oposición debe colaborar para construir un Uruguay de todos y para todos, pero el paso inicial -el fundamental- debe correr por cuenta de quien el pueblo considera su Primer Ciudadano y hoy acumula una cantidad enorme y casi monopólica de poder, que le asegura la gobernabilidad sin depender de nadie.
La prioridad debe ser terminar con la polarización de la sociedad, derribar ese muro absurdo que hoy la divide y tener claro que, si bien llegó a la presidencia por clara mayoría y en ancas de un Partido, su obligación es con el país y nunca se debe manejar con aquella frase del General Luis V. Queirolo, hombre fuerte de la dictadura, para quien “a los ganadores no se les ponen condiciones”. Ese es un latigazo que desgarra y marca.
Buena suerte Presidente Mujica.
Adiós, chau
Brecha de Uruguay
(Víctor H. Abelando).- Ayer, domingo, las urnas lapidaron a unos cuantos actores de la vieja elite política uruguaya. Y las razones no fueron precisamente las biológicas, esas que naturalmente determinan la caducidad de los hombres. No lo fueron porque tanto el presidente electo como el vice y quienes ayer desaparecieron son contemporáneos. Las diferencias de edad entre José Mujica, Danilo Astori, Luis Alberto Lacalle, Julio María Sanguinetti y Jorge Batlle son escasas. Por consiguiente deben buscarse las causas en otro lado.
Sanguinetti y Batlle tuvieron sus desafortunados minutos protagónicos cuando intentaron reeditar viejos fantasmas, y acusaron al FA (especialmente a dirigentes del MPP y al propio Mujica) de estar vinculado al caso Feldman (Batlle) o volvieron una y otra vez sobre el pasado guerrrillero del electo presidente, poniendo en duda sus convicciones democráticas. Nunca comprendieron que esa cualidad de haber sido guerrillero es parte, como dicen los griegos, de su areté, y que justamente ese pasado dio legitimidad a su personalidad.
Esa lógica de identificar a la izquierda con la violencia o con la idea de que desaparecerían los valores más caros a la sociedad uruguaya, dio resultado en un lejano 1971. Desde entonces a la fecha, ese tipo de campaña perdió fuerza hasta volverse, como en el presente, un bumerán contra sus promotores.
Mujica, con su“torpe aliño indumentario”, como le gusta decir citando a Antonio Machado, no sólo inauguró un nuevo estilo de presidente sino que sepultó con su triunfo a los más conservadores de una elite que supo gobernar el país.
Ayer murió el viejo discurso anticomunista, la postura aristócrata y patricia de un Lacalle que propuso un “baño para los pichis”, que tildó de asesinos y secuestradores a los miembros del sector mayoritario del FA, que propuso en nombre del mercado pasar la motosierra por el gasto estatal o terminar con la asistencia que brindó el PANES a “80 mil atorrantes”.
En definitiva se cerró un ciclo histórico, como señala en su columna Rafael Sanseviero. De ahora adelante, la derecha deberá buscar otra forma de hacer política. Esa quizá sea la razón que mantuvo a Pedro Bordaberry alejado de la campaña de Lacalle, o lo que motivó su silencio cuando Batlle y Sanguinetti volvieron a blandir argumentos que el tiempo oxidó.
Los ejes a manejar por los partidos tradicionales ya no podrán ser caos u orden, libre mercado o participación del Estado en la vida económica. Y en el caso de hacerlo no será en base a la reiteración de viejos discursos. La confrontación de modelo seguirá vigente, pero la oposición deberá buscar nuevos argumentos discursivos para defender el suyo.
En el horizonte asoman nuevos consensos sociales, nuevas formas de concebir las relaciones entre los distintos sectores que conforman la sociedad uruguaya. Las reformas impulsadas por el gobierno de Tabaré Vázquez empiezan a matrizarse como rasgos identitarios del país. Véase, por ejemplo, el escaso predicamento que tuvo la fórmula rosada cuando lanzó la idea de derogar el buque insignia de la reforma triutaria: el IRPF.
Los sectores más rancios de la derecha sufrieron una fuerte derrota ideológica porque, más que en 2004, cuando la gente dio una oportunidad al FA, ahora, después de cinco años de administración frenteamplista, el electorado ratificó el nuevo rumbo del país.
La muerte política de los Lacalle, Sanguinetti y Batlle es la expresión más clara de la apertura de un nuevo período en la historia uruguaya.
Al Frente le esperan nuevos pasos, entre ellos la reforma del Estado, la profundización del cambio en el sistema sanitario, orientar hacia mayor equidad la nueva política tributaria, crear un nuevo escenario educativo y encontrar salidas generalizadas a los planes de asistencia social, para que no sean de contención y permitan avanzar en la inclusión social.
Mujica ha dicho que esas tareas se harán con la participación de los actores que las comprenden. Eso lleva necesariamente a fortalecer las alianzas sociales de la izquierda, a recrear el bloque de los cambios. También a un protagonismo del que careció la fuerza política en este período.
La intención de los vencedores, y si se toman como ciertas las declaraciones de sus competidores, es ir hacia políticas de Estado en temas básicos para el Uruguay del futuro (energía, seguridad, ambiente y educación).
Éstas no surgirán del prorrateo de las posturas de los distintos actores sociales y políticos, deben estar matrizadas –así lo demandan los diferentes dirigentes frenteamplistas que en estos días conversaron con Brecha– por las líneas fundamentales del proceso iniciado en 2005.
Le corresponde al FA delinear el Uruguay del futuro. En ese proceso debe esperarse una postura distinta de los partidos tradicionales, que hasta ahora jugaron desde las posiciones más conservadoras. Tal vez la desaparición de los promotores del oscurantismo obligue a la dirigencia blanca y colorada a aceptar que junto con ellos murió el país conservador.
El triunfo de un proyecto comunitario de décadas
Clarín de Argentina
(Claudio Mario Aliscioni).- No ha sido José Mujica el único ganador en el balotaje uruguayo. Quien considere de ese modo la elección tal vez pierda de vista el cuadro general, que es un poco más complejo. Lo que triunfó ayer aquí, en verdad, es un proyecto comunitario de décadas que encuentra ahora su punto de culminación con la llegada de un ex guerrillero al poder máximo del Estado.
Es necesario mirar con un baño de humildad cómo transcurren las cosas en esta orilla. Mientras los orientales no dejan de espantarse por el modo en que sus vecinos argentinos se fagocitan a sí mismos, vale la pena que Argentina se observe ahora en el espejo de Uruguay. Recordaría así que la imitación ha sido desde siempre una forma del aprendizaje.
En su sustancia, la victoria de Mujica es la de un programa político iniciado en 1971, con la creación del Frente Amplio, y que hace 20 años tuvo su bautismo de fuego al hacerse cargo de la municipalidad de Montevideo. Luego, acabó proyectándose a la legislatura federal como paso previo a su llegada al gobierno nacional. En la intendencia, el Frente debió tolerar la hostilidad de los viejos partidos tradicionales, entonces dueños del poder central e incómodos ante la nueva fuerza que los desafiaba.
Pero su política comunal no se contentó con cambiar veredas, alterar el recorrido de las calles o poner farolitos en las plazas. Tampoco ambicionó de entrada llegar a la presidencia. Al revés, apostó por transformar la ciudad con proyectos sensatos y realizables -saneamiento del río, recuperación de la Ciudad Vieja, modificación del puerto- tras conquistar el apoyo de una sociedad ávida de nuevas propuestas. Se trató, pues, de un programa comunitario en el que los ciudadanos se sintieron reconocidos y no una mera ocasión de negocios para grupos privados. Fue así que, en estos 20 años, mientras los viejos partidos se encogían, el Frente duplicaba sus votos.
Es bueno que los argentinos tomen nota de esto: el Frente ha demostrado que es posible y que se puede ganar porque es una construcción política que logró crecer sin clientelismos, sin barones feudales, sin aparatos sindicales enquistados en el poder con líderes despreciables y con una agitada discusión interna que se guía por un principio elemental: el que pierde, pierde. Un simple ejemplo histórico de ello: cuando en 1996 se discutía la adopción del balotaje en Uruguay, el fundador de la alianza y su máximo emblema, el extinto Liber Seregni, estaba en contra y se enfrentó en la interna con el hoy mandatario saliente, Tabaré Vázquez. Seregni perdió, renunció al cargo y se fue a su casa ¿Habrá algo para aprender?
La admiración que produce ahora Uruguay no es entonces exagerada. Su ejemplo se destaca ante los desastres institucionales de algunos países de la región, que insisten en matonear a sus poblaciones como forma de gestión. A ello respondió días atrás Mujica cuando dijo: “Yo trataría de no multiplicar los focos de conflicto de nuestra sociedad. Me parece que no es inteligente alentarlos”.
Esa claridad es lo que alivia la prédica confrontativa, sello de otros líderes, de los que el tupamaro busca diferenciarse: “Le dije a Chávez: vos no construís ningún socialismo, sino una burocracia llena de empleados públicos”, contó una vez.
Nada de esto es suficiente para explicar las razones de su victoria, sin embargo. La alianza que sostiene a Mujica bajó la pobreza, creó empleo y dio más educación, al tiempo que atrajo inversiones mostrando previsibilidad y seguridad. De igual modo, el Frente ha demostrado a la élite tradicional uruguaya que apostar a las políticas públicas en favor de los más desprotegidos no es mera dádiva social, sino un mandato que atañe a la conveniencia económica misma de los dueños del capital.
Desde luego que hay aún muchas cuentas pendientes. El gobierno de Mujica tendrá un entorno internacional más hostil que el de hace cinco años y el crecimiento del país no será por tanto a un promedio del 8% sino a la mitad. Esa mengua incidirá en el cumplimiento de la deuda social y las urgencias podrían incluso verse aceleradas por una conflictividad mayor. Un dato mensura el nuevo escenario: la tasa de afiliación sindical -algo siempre saludable- se triplicó en los últimos tiempos.
Pero ésta no será la única arista con potencial explosivo. La economía uruguaya entera está mudando de forma notable. Como suele ocurrir en estas fases de acumulación, cada vez se concentra más. Un ejemplo es la agroindustria. No más de 150 productores son los responsables del 70% de toda la cadena agrícola. Y la mitad está en manos de cinco empresas de origen argentino. La misma concentración se verifica en el sector frigorífico, propiedad en general de inversores brasileños.
Esto ocurre con algunos de los sectores que proveen al Estado con los mayores ingresos. Las leyes elementales del capitalismo, se sabe, implican maximizar el crecimiento y el beneficio del capital. Pero las prioridades de los gobiernos y de sus pueblos son diferentes. De esa contradictoria conciliación de intereses dependerá el futuro del nuevo gobierno.