40 años de integración andina (Instituto Latinoamericano de Relaciones Internacionales-UMC)
UNIVERSIDAD MIGUEL DE CERVANTES
INSTITUTO LATINOAMERICANO DE RELACIONES INTERNACIONALES
ACTO DE CONMEMORACION
CUARENTA AÑOS DE INTEGRACION ANDINA
26 de Mayo, 1969 – 2009
Santiago de Chile, 26 de Mayo 2009
INTERVENCIONES
Señor Patricio Leiva Lavalle, Director Instituto Latinoamericano de
Relaciones Internacionales: Presentación
Señor Freddy Bersatti Tudela, Cónsul General de Bolivia
Señor Carlos Gaitán Gonzalez, Embajador de Colombia
Señor Francisco Borja Cevallos, Embajador del Ecuador
Señor Carlos Pareja Ríos, Embajador del Perú
Señor Salvador Lluch Soler, Firmante del Acuerdo de Cartagena en
representación del Gobierno de Chile y Miembro
de la Primera Junta del Acuerdo de Cartagena
Señor Juan Pablo Lira, Subsecretario de Relaciones Exteriores (s)
PATRICIO LEIVA LAVALLE
Director
Instituto Latinoamericano de Relaciones Internacionales
En un día como hay, hace cuatro décadas, se suscribió, en Bogotá, el Acuerdo de Cartagena, dando origen al proceso de Integración Andina.
El Instituto Latinoamericano de Relaciones Internacionales, de la Universidad Miguel de Cervantes, se asocia a este acontecimiento y agradece la presencia de cada uno de Uds. pues le concede un especial realce a este Acto de Conmemoración.
El Instituto y la Universidad han querido destacar esta fecha pues seguimos convencidos que, hoy como ayer, la integración regional es una gran oportunidad para asegurar la prosperidad, la paz y la seguridad para nuestros ciudadanos y para posibilitar que América Latina tenga voz y presencia internacional.
Saludamos la Integración Andina como el proyecto más avanzado y audaz que se ha emprendido en nuestra región, necesario para asegurar no solamente un desarrollo más dinámico para cada uno de sus países miembros sino un desarrollo más equitativo y más equilibrado para el conjunto de América Latina.
Es el momento de recordar a los Presidentes de las Repúblicas de la época cuya decisión permitió iniciar el proceso de Integración Andina: Luis Adolfo Siles Salinas, de Bolivia, Carlos Lleras Restrepo, de Colombia, Eduardo Frei Montalva, de Chile, José María Velasco Ibarra, del Ecuador, y, Juan Velasco Alvarado, del Perú. Asimismo, es indispensable recordar a los Representantes de estos países que llevaron adelante y que, con su inteligencia, imaginación y tenacidad, supieron concretar, en Cartagena, la voluntad política de construir la unidad andina: Tomás Gullermo Elío, de Bolivia, Jorge Valencia Jaramillo, de Colombia, Salvador Lluch Soler, de Chile, que nos honra con su presencia en este Acto, José Pons Vizcaino, del Ecuador, y, Vicente Cerro Cebrián, del Perú.
El proceso de Integración Andina despertó grandes expectativas y esperanzas en la subregión, en nuestro continente y más allá de las fronteras latinoamericanas. Cinco países unidos por la Cordillera de los Andes concretaron una voluntad común sólida para constituir una nueva unidad política, económica y social que contribuyera a lograr un mejor desarrollo y una más profunda y más adecuada integración subregional y latinoamericana.
En un decenio en que el mundo y la región buscaban grandes transformaciones, los cinco países andinos con decisión, audacia e imaginación supieron aunar voluntades, definir objetivos comunes y crear nuevas modalidades y mecanismos para la acción conjunta, interna y externa, algunas de las cuales eran inéditas en los procesos de integración y en las relaciones internacionales.
Han transcurrido cuatro decenios desde aquella época. Los países andinos, América Latina y el mundo han cambiado. Las relaciones internacionales y los procesos de integración regional han cambiado. Y, por supuesto, la Integración Andina ha cambiado.
La crisis global que azota el mundo ha puesto al descubierto que no todos los cambios que han ocurrido en los últimos lustros han sido para bien de la humanidad ni para determinadas regiones en particular. Más aún, determinadas tendencias que se venían manifestando desde hace ya muchos años constituían advertencias, en especial, para nuestra región.
La pérdida en la importancia relativa de América Latina en el concierto internacional es evidente. El incremento en las desigualdades y la existencia de decenas de millones de pobres continúan siendo una realidad. Los avances registrados en muchos ámbitos no han sido suficientes para detener dichas tendencias ni menos para revertirlas.
América Latina no ha sido capaz de construir un proyecto común para el conjunto de los latinoamericanos que sea una expresión clara de una voluntad compartida para enfrentar juntos un destino que, necesariamente, por la historia, la geografía, la cultura, los recursos naturales y las personas, debe ser común.
Hoy surgen desafíos nuevos, gigantescos, de tremenda complejidad. En esa misma medida surgen oportunidades para alcanzar un mundo mejor.
Cada día es más evidente que no hay ningún país que esté en condiciones de enfrentar dichos desafíos en forma aislada, ni menos aprovechar adecuadamente las oportunidades para transformarlas en realidades concretas en beneficio de nuestras personas.
En otras palabras, el desafío de la integración de América Latina sigue presente y es, cada día, más urgente. En esta misma medida se puede comprobar como la integración continúa siendo un gran desafío pendiente para América Latina. El costo de la no integración no lo pueden seguir pagando los habitantes de nuestra región, ni menos los más desposeídos.
Es evidente que la Integración Andina, hoy, presenta avances y dificultades, con rasgos específicos, pero que son similares a las que se observan en otros procesos de integración.
Al cumplirse un período emblemático, como son las cuatro décadas que conmemoramos hoy, es del interés de todos y de la mayor relevancia conocer mejor la situación actual y las perspectivas de la Integración Andina. Sabemos que el proceso está en una reflexión profunda. Son nuestros más sinceros deseos que de dicha reflexión surja una nueva estrategia, que responda a los desafíos de nuestra época y, tal como fueron los ambiciosos objetivos originales, contribuya a lograr un mayor bienestar para los ciudadanos andinos, un proceso más profundo de integración latinoamericana y una participación creciente de América Latina en las decisiones mundiales.
Estamos ciertos que las distinguidas Personalidades que nos acompañan nos iluminarán sobre los caminos renovados hacia donde transitará el futuro de la Integración Andina.
FREDDY BERSATTI TUDELA
Cónsul General de Bolivia
El nuevo aniversario de la Integración Andina proporciona una oportunidad para reflexionar sobre los procesos de integración en general pues sus características son similares a las que han experimentado otros procesos de integración regional.
Para empezar, es conveniente tener presente que el continente americano ha tenido una larga experiencia de organización y cooperación. Así lo demuestra la creación, en 1890, de la Oficina Comercial de las Repúblicas Americanas y la subsiguiente instauración, en 1902, de la Oficina Internacional de las Repúblicas Americanas. Este primer proceso se completa con el surgimiento, en 1910, de la Unión Panamericana. Con posterioridad a la segunda conflagración mundial, en 1947, se instituye el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca y, al año siguiente, la Organización de Estados Americanos, vigente hasta hoy día. Con ello, los veintiún países firmantes originales establecieron un Organismo destinado a asegurar la paz, la seguridad, la cooperación política, económica, social y cultural y la solución de conflictos entre sus miembros.
En el año 1960 se inician los procesos de integración en América Latina. Es así como surge el Mercado Común Centroamericano y la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio, para los países de América del Sur y México. En este marco surge, en 1969, la integración andina con la suscripción, por parte de Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador y Perú, del Acuerdo de Cartagena. Como sabemos los miembros de este Acuerdo han cambiado pues, en 1976, se produce la salida de Chile y, en el 2006, se concreta el retiro de Venezuela. Recientemente, Chile ha regresado a la Comunidad Andina, como País Miembro Asociado. Posteriormente, surgen otras agrupaciones en nuestra región, entre las cuales cabe destacar la creación, en 2008, de la Unión de Países Suramericanos.
Los procesos de integración generan una dinámica de cambios y un nuevo paradigma para el desarrollo de los países. Se pueden observar dos fases bien definidas en su inserción en las respectivas realidades nacionales. En una primera etapa, se trata de asumir los nuevos horizontes y compromisos, lo cual no es fácil pues se deben superar las inercias del pasado y surgen actores no siempre partidarios del proceso. En una segunda etapa, surge la necesidad de cumplir a plenitud los compromisos contraídos. La experiencia indica que es la fase más difícil pues se trata de aplicar los compromisos pactados y, muchas veces, modificar las normas o costumbres del pasado. En la actualidad, por ejemplo, en la Comunidad Andina se ha modificado, sin seguir la norma del consenso, la Decisión 486, sobre propiedad intelectual, patentes e invenciones, abriendo paso a que cualquier país pueda patentar recursos biológicos que son fuente de vida, violando la Decisión 391.
En esta reflexión general, estimo importante enunciar, al menos, las principales debilidades, fortalezas, amenazas y oportunidades que presentan los procesos de integración latinoamericana.
Entre los elementos que debilitan los procesos es posible mencionar los siguientes: agendas netamente políticas pero sin voluntad de un compromiso real; inexistencia de un proyecto verdaderamente común; búsqueda de beneficios nacionales inmediatos; a pesar de los avances, intercambios limitados; reducidas inversiones en investigación, innovación e industrias de alta tecnología; y, los caudillismos.
Antes estas debilidades, la región presenta importantes fortalezas: idiosincrasia y valores comunes; costumbres similares; idioma único o similar; religión de un mismo origen; recursos naturales variados y abundantes; su población; y, un nivel de desarrollo relativamente parecido.
Las amenazas que enfrenta el proceso de integración son conocidas: estructuras de mercados nacionales con intereses muy definidos; control tecnológico de grandes países; control o elevada influencia política, económica y social de las grandes potencias; y, estructuras del capitalismo casi imposibles de romper.
Por sobre todo interesa destacar las oportunidades que generan los procesos de integración. Para estos efectos estimo ilustrativo mencionar las categorías que ha planteado George Soros: los países que viven de sus productos primarios difícilmente superarán los diez mil dólares por habitante; los países con procesos de industrialización podrán avanzar hasta los veinte mil dólares por habitante; y, para superar este nivel, e incluso los treinta mil dólares o más, es necesario que los países logren un avanzado proceso de desarrollo científico y tecnológico. La integración posibilita crear el gran mercado latinoamericano, indispensable para diversificar las economías y hacerlas competitivas a nivel internacional. En particular, para permitir la investigación, el desarrollo tecnológico y la innovación y el desarrollo e intercambios de servicios tales como, los legales, seguros, entretenciones, turismo y comunicaciones. En síntesis, la integración regional posibilita generar la patria grande, con una sola visión, con un proyecto verdaderamente común.
CARLOS GAITAN GONZALEZ
Embajador de Colombia
Me honra mucho acudir el día de hoy a celebrar la solemne conmemoración del aniversario de los cuarenta años del Acuerdo de Cartagena, ciudad cuna del proceso de integración que iniciamos en 1969. A nombre del gobierno colombiano y en el mío propio, rindo homenaje a los mandatarios de la época, Carlos Lleras Restrepo de Colombia; Eduardo Frei de Chile y Raúl Leoni de Venezuela; y el ex Presidente Galo Plaza y el Canciller Fernando Schwalb, acreditados como delegados de los Presidentes de Ecuador y Perú respectivamente, autoridades que decidieron unir sus fuerzas e iniciar un proceso cuyos primeros efectos, bajo 2 años de conversaciones, se concretaron en la firma de la Declaración de Bogotá de 1966. Así, se dio origen a las bases de lo que sería más adelante el Acuerdo de Cartagena, el cual se enmarcó sobre los objetivos de la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio, ALALC.
Es importante resaltar el fin integracionista de la época que tuvo como objetivo primordial, proteger del comercio internacional de ese entonces a las economías de los estados miembros, con el fin de que América Latina contara con un mercado común, bajo la premisa de que juntos seríamos más que separados.
Dicho proceso de integración se gestó en diversas mesas de diálogo como los encuentros en Uruguay, en 1967, en donde se sientan las bases del acuerdo subregional entre Bolivia, Colombia, Chile, Ecuador, Perú y Venezuela, para alcanzar el objetivo integracionista que culminó en Cartagena y con su posterior suscripción, el 26 de Mayo de 1969, en el Palacio de San Carlos de Bogotá. El Acuerdo entró a regir el 16 de octubre de 1969 e inició formalmente sus actividades el 21 de noviembre de ese mismo año.
En aquel entonces, el Acuerdo de Cartagena da origen al Pacto Andino. Posteriormente, con el transcurso del tiempo, bajo la política de apertura global del mercado, surge la necesidad de ajustar el Acuerdo de Cartagena a esa nueva realidad, se deja de lado la política proteccionista del Pacto Andino y se modifica el Acuerdo de Cartagena con el Protocolo de Trujillo, dando paso así a lo que es se denomina la Comunidad Andina de Naciones.
La Comunidad Andina de Naciones es el reflejo de la convergencia de nuestras culturas, nuestras tradiciones políticas, nuestro desarrollo social, nuestras economías, nuestro proceso de protección al medio ambiente, nuestro avance tecnológico, elementos que van en busca de un mismo objetivo: la UNION de nuestros pueblos, que se identifican como un solo bloque bajo el auspicio y el esfuerzo de las instituciones que en la actualidad conforman la Comunidad Andina de Naciones.
El desarrollo de la CAN, ha sido trascendental desde los noventas. Cabe recordar que se crea la zona de libre comercio, en 1993, como la primera del continente, lo cual ubicó a la CAN a la vanguardia de los procesos de integración. Como consecuencia de ello se permitió que el comercio intracomunitario creciera vertiginosamente y se generaran empleos, liberalización de servicios, en especial, el del transporte en sus distintas modalidades.
El principal objetivo de la Comunidad Andina es el proceso de integración regional, con miras a la formación gradual de un Mercado Común Latinoamericano, lo que se logra a través del fortalecimiento de la solidaridad subregional y la reducción de las diferencias de desarrollo existentes entre los países miembros, logrando así una mejor calidad de vida para los habitantes de la Región.
Por eso hoy, en los cuarenta años de la Comunidad Andina de Naciones, celebramos los avances logrados no solo en lo comercial sino, también, en el ámbito social, cultural, ambiental.
Muestra de ello es la omisión del requisito de visas, para viajar a cualquiera de los países de la CAN y la creación de normas que garantizan la circulación y permanencia de los nacionales andinos en la subregión con fines laborales sin perder sus beneficios de seguridad social, entre otros.
Ha sido tal la importancia del Acuerdo de Cartagena que ha logrado agrupar una población de 96.9 millones de habitantes con una extensión territorial de 3.798.000 Km2 y con un Producto Interno Bruto de US$ 408 mil millones de dólares.
En el plano comercial, durante el 2008, se efectuaron exportaciones intracomunitarias por US$ 7.171 millones de dólares y exportaciones totales al mundo por US$ 93.142 millones de dólares e importaciones por US$ 94.176 millones de dólares, cifras que señalan la importante actividad comercial de la CAN en el año recién pasado.
En este prometedor escenario, es para mi Gobierno y para mi motivo de orgullo ser miembro fundador de este gran Acuerdo, que es el marco de referencia de una sólida estructura institucional supranacional, con un marco jurídico propio, que genera efectos directos sobre los Estados Miembros y que ejercen sus objetivos integracionistas a través de instituciones como el Consejo Presidencial Andino, el Consejo de Ministros de Relaciones Exteriores, la Comisión de la Comunidad Andina, la Secretaria General de la CAN, el Parlamento Andino, la Corporación Andina de Fomento, el Fondo Latinoamericano de Reservas y el Consejo Consultivo Empresarial Andino, entre otros.
El Acuerdo de Cartagena ha consolidado la hermandad entre nuestros países favoreciendo su desarrollo económico, político y social, proceso en el cual tenemos que seguir trabajando para lograr la inserción en las esferas internacionales.
Me despido con estas palabras, no sin antes agradecer el esfuerzo y dedicación de los organizadores de este evento de conmemoración del Aniversario del Acuerdo de Cartagena, esperando sea una oportunidad para reflexionar y renovar el compromiso con nuestra región.
FRANCISCO BORJA CEVALLOS
Embajador del Ecuador
Nos hemos reunido para conmemorar los 40 años de la Comunidad Andina de Naciones, originalmente llamado Acuerdo de Cartagena, pues fue en esa ciudad colombiana, el 26 de mayo de 1969, que cinco países sudamericanos (Bolivia, Colombia, Chile, Ecuador y Perú) firmaron el Acuerdo, con el objetivo de caminar juntos por mejores senderos de paz, prosperidad y entendimiento.
Venezuela se incorporó al Acuerdo el 13 de febrero de 1973. El 30 de octubre de 1976, Chile se retiró. Ahora Chile ha vuelto, aunque no como miembro pleno. En cambio Venezuela se ha retirado en abril de 2006.
Todo esto nos muestra la serie de dificultades, expectativas generadas y a veces no cumplidas, o no cumplidas en su totalidad, que han marcado la marcha del originalmente llamado Pacto Andino.
Así, entre avances y retrocesos, hemos llegado a esta fecha, en que se cumplen los 40 años con una evidente crisis, originada, entre otras razones, en una serie de divergencias ideológicas y de enfoque en materia de comercio internacional, que han generado diferencias y dificultades entre sus miembros. Dificultades que no son nuevas, pues conforme ha dicho el Embajador de Colombia hace unos momentos, el Pacto Andino nació con un impulso proteccionista, con sustitución de importaciones y otros esquemas destinados a proteger la producción nacional de los países miembros mientras que, luego de unos años, cuando se transformó en CAN, con el enfoque ideológico diferente de otros gobiernos de la subregión, se dio un giro hacia el aperturismo. Es decir, siempre, la ideología de los distintos gobiernos fue imprimiendo su sello al organismo.
Sin embargo, siempre se ha dicho que las crisis son, al mismo tiempo, oportunidades que hay que saberlas aprovechar. El cumpleaños número 40 de nuestra querida Comunidad nos toma en un momento crucial de la región y del mundo, que puede ser un momento único para reflexionar sobre el camino recorrido y los desafíos del futuro. Todos los códigos están en revisión, han caído los paradigmas del mercado que se lo colocó como sacrosanto regulador y asignador de recursos. Y, si de mercado hablamos, si de libre circulación de mercancías, capitales y tecnología hablamos, es apenas justo que, también, hablemos de libre circulación de personas. Este, que ya es un desafío cumplido entre los países de la Comunidad, debe transformarse en un objetivo global.
La nueva Constitución ecuatoriana, en sus Artículos 416 a 423, propugna la libre movilidad de las personas, la ciudadanía universal y el fin del estigmatizador calificativo de ilegal.
Este es uno de los temas en que debemos reflexionar a propósito de este aniversario, pues no es justo, ni equitativo, ni conveniente, seguir construyendo muros, de cemento o legales, que en forma de regulaciones y leyes impiden la circulación de los seres humanos. Nuestro Gobierno cree que el anhelo de cohesión social, largamente acariciado por la humanidad y que es materia de debate en todos los foros internacionales, no podrá hacerse realidad sin una educación de calidad para todos, sin salud de calidad para todos y sin la libre movilidad de todas las personas por el mundo, pues solo así será posible la igualdad de oportunidades para todos y todas.
La crisis nos propone la oportunidad de replantearnos una nueva CAN. Como ha dicho nuestro canciller Fánder Falconí, una CAN que vaya “más allá de los aspectos comerciales o netamente arancelarios, que involucre también aspectos políticos. Los grandes procesos de integración siempre se han sostenido en base de acuerdos políticos”.
Hay que reconocer que en el Plan de Trabajo 2007 de la Secretaría General de la CAN queda reflejado muy claramente ese cambio, que contempla como áreas de acción la Agenda Social, Agenda Ambiental, Cooperación Política, Relaciones Externas y Desarrollo Productivo y Comercial.
Hay que partir, entonces, de la crisis actual del organismo, para ampliar el ámbito de la integración subregional a temas como el diálogo político, el tema social, la emigración, el tema ambiental, la integración energética, temas que han permanecido un poco escondidos debajo del gran énfasis que se ha dado al tema comercial.
Y también, por qué no, esta debe ser una ocasión para debatir y analizar la crisis internacional que nos debe llevar a reflexionar sobre nuevos modelos de desarrollo económico, que reconsidere el papel del Estado como regulador de la actividad económica y redistribuidor de sus beneficios y, desde luego, también el aporte del mercado en la generación de riqueza. El mercado es eficiente en la generación de riqueza, pero no lo es como redistribuidor ni como regulador. El mercado no se ocupa del tema ambiental, ni de la justicia social, ni de la equidad.
Asistimos, más allá de la crisis dentro del limitado espacio geográfico de nuestra integración subregional, a una crisis global sin precedentes, en la cual el tan vilipendiado Estado ha debido salir de su ostracismo para rescatar al mercado, que no pudo autoregularse como sostenían los extremistas del neoliberalismo. Todos estos temas deben ser parte de la agenda de los nuevos organismos de integración, no solo el comercio. La integración no es un TLC, es mucho más que eso.
Pero, además, la integración subregional debe ser vista como un paso hacia la integración regional de toda América Latina.
Para citar nuevamente a nuestro Canciller: la integración subregional “constituye un eslabón fundamental para avanzar hacia procesos mayores en términos de cooperación o complementariedad”.
Organismos como la CAN, el MERCOSUR y la UNASUR deben servirnos como mecanismos de acopio de experiencias para promover lo que en mi país es mandato constitucional: la integración de toda América Latina.
En efecto, el Artículo 423 de la nueva Constitución recientemente aprobada en referéndum por el pueblo ecuatoriano, establece la integración latinoamericana como objetivo estratégico del Estado.
Ciertamente los avances no han sido del todo alentadores en todos estos esfuerzos de integración. Pero no es el momento para sentarse a lamentar lo que no se hizo. Es el momento para entregar toda la decisión política que se necesita para acelerar el proceso de integración. No nos queda otro camino para salir del subdesarrollo que integrarnos en un gran espacio económico, comercial, migratorio, político y social.
Hago votos porque este aniversario número 40 de la CAN sirva para reflexionar, no solo a sus cuatro países miembros, sino a todos los países de Sudamérica y Latinoamérica en la necesidad de pisar a fondo, con férrea voluntad política, el acelerador de la integración. Tenemos suficiente experiencia acumulada, desde la ALALC de 1960, el Pacto Andino (hoy CAN) de 1969, ALADI en 1980, el MERCOSUR de 1991 y la UNASUR creada el año pasado. En esta época de grandes bloques, mantenernos individualizados y divididos es a todas luces suicida.
CARLOS PAREJA RIOS
Embajador del Perú
Los caminos que ha recorrido la Comunidad Andina son los propios de la región ante los cambios que han ocurrido en el mundo durante estos últimos 40 años.
La imagen de la integración prevista en 1969 cuando se firmó el Acuerdo de Cartagena no corresponde al mundo globalizado que hoy encaramos. Y, sin embargo, el proceso de integración andina continúa vigente, tras 40 años de continua actividad.
A fines de los años 60 los países del tercer mundo reclamaban en los foros multilaterales la creación de un nuevo orden económico internacional. La globalización ha creado en efecto un nuevo orden económico, pero el resultado no es precisamente el que se tenía en mente hace cuatro décadas.
La necesidad de trabajar conjuntamente y articular nuestras economías es aún mayor hoy que hace 40 años. La acción integrada es precisa para concertar las medidas de regulación y prevención que requieren los flujos financieros globales.
La Comunidad Andina no es hoy el mercado común imaginado en 1969, pero puede convertirse en la zona de libre comercio que nuestros países precisan para insertarse de una manera más ventajosa en la economía globalizada. La CAN requiere identificar con claridad los temas en los cuales tenemos que asumir nuestra responsabilidad de trabajar juntos, las áreas en las cuales no tenemos mayores diferencias sino intereses y objetivos comunes.
El Canciller del Perú, José Antonio García Belaunde, ha propuesto que identifiquemos una agenda no conflictiva de integración. Dentro de esa perspectiva se encuentran, entre otros, los temas de la protección ambiental, la cooperación policial y judicial contra el crimen organizado y el desarrollo fronterizo. La idea central es no paralizarnos en las diferencias entre visiones y proyectos de desarrollo, sino concentrarnos en los elementos que son de beneficio para los pueblos de nuestros países.
El Perú asume este año la Presidencia Pro Tempore de la CAN. Una de las tareas que el Perú considera prioritaria es acercar las instituciones comunitarias a la ciudadanía, mediante medidas que signifiquen beneficios concretos para los ciudadanos. Estas incluyen fomentar la circulación con los documentos de identidad nacional, apoyar el comercio entre la PYMES, fortalecer la cooperación en salud y promover el desarrollo de las zonas fronterizas, entre otras.
También se requiere prestar mayor atención a la tarea de transmitir y comunicar a los ciudadanos los beneficios de la integración. La CAN continúa vigente, no obstante las trabas que ha superado, precisamente porque la idea de la integración regional existe en la mentalidad de nuestras poblaciones. El desafío es hacer conocer mejor a los ciudadanos los efectos positivos en la vida diaria que genera la integración andina.
Antes de 1969 vivíamos prácticamente de espaldas unos a otros. Hoy los ciudadanos de nuestros países circulan sin dificultades a través de nuestras fronteras y comercian e invierten con mayores facilidades. Todo esto es producto de muchas reuniones y desvelos en procura de armonizar normas y reglamentos.
Está pendiente aún la tarea de proyectarnos conjuntamente hacia el resto del mundo. Hoy nos conocemos mucho mejor que antes y eso nos permite reconocernos como miembros de una comunidad con metas comunes.
SALVADOR LLUCH SOLER
Firmante del Acuerdo de Cartagena en representación del Gobierno de Chile
Miembro de la Primera Junta del Acuerdo de Cartagena
Para mí es algo difícil participar en este acto. Primero que nada porque presentar la visión que uno puede tener de algo complejo que sucedió hace 40 años y que ha venido evolucionando en forma lenta, variada, con pasos adelante y otros atrás, requeriría un análisis que esta reunión, que no es un seminario, no permite. Por eso, me limitaré a dos cosas: primero, agradecer este homenaje a los firmantes del Acuerdo de Cartagena entre los cuales he tenido el gusto de oír mi nombre y, segundo, expresar una reflexión sobre algunos aspectos que me parecen fundamentales en lo que ha sido este largo proceso.
El Acuerdo de Cartagena fue el resultado de un trabajo muy sustantivo y ambicioso, que exigió grandes esfuerzos de mucha gente y la decisión política muy firme de los Gobiernos que, al final de las negociaciones, formaron la unidad básica andina. Ella fue el resultado de una búsqueda de acuerdo tan difícil que no logramos evitar que uno de los participantes, el más importante económicamente en la época, Venezuela, se nos quedara en el camino. De este modo, partimos con cinco países y un sexto que se mantenía muy cercano pero no estaba plenamente integrado en el nuevo organismo.
De este largo camino recorrido y del recuerdo de lo que pensábamos en la primera etapa, en los primeros tiempos, me surgen algunas preocupaciones importantes. A lo largo de los cuarenta años el Acuerdo ha sobrevivido e incluso, en algunos de sus ámbitos, ha tenido un éxito rotundo, como es el caso de la Corporación Andina de Fomento, que de un capital básico de 25 millones de dólares tiene hoy un patrimonio propio de 4.500 millones de dólares y cuenta entre sus miembros a 17 países, desde luego, a todos los de Sudamérica y España. Este importantísimo éxito específico muestra que la capacidad de realización no solo de los países andinos sino de los países latinoamericanos es grande. Los ciudadanos de la región tenemos la capacidad de desarrollar bien proyectos muy complejos.
Sin embargo, no puedo dejar de señalar que siento que el actual proceso, heredero del Grupo Andino inicial, ha crecido mucho en ramaje, pero me parece que ha perdido consistencia. Como ciudadano de un país que fue fundador e impulsor del Acuerdo, y que posiblemente podríamos calificar como el más entusiasta en la primera época, me es sumamente penoso participar en este momento de recuerdos y proyectos cuando nuestro país ya no es miembro del Grupo. No pertenece al Grupo después de una decisión del gobierno militar que, a mi juicio, fue un grave error político y, quién sabe, más que político, geopolítico. No puedo dejar de manifestar mi tristeza frente a la ceguera que hubo en un momento para captar el significado profundo y de largo plazo de todo lo que se quería y podía hacer.
Pero en este acto tan significativo quiero destacar lo que creo firmemente es la lección más importante que nos dejó el proceso andino inicial y que nos puede servir mucho, ahora, inclusive en términos latinoamericanos. Me refiero a la necesidad de que exista un centro de pensamiento comunitario activo, con fuerza y capacidad política. Eso lo tuvo el Acuerdo de Cartagena, que tenía dos órganos principales: la autoridad máxima, que era la Comisión constituida por los Representantes de los Países Miembros y el eje de la Visión Comunitaria, que era la Junta. Ya desde la etapa inicial concebimos esta entidad con tres miembros para darle una consistencia institucional, de modo que el Organismo pudiera enfrentar hechos sustancialmente importantes cuando ello fuera necesario, como, por ejemplo, entrar en conflicto con algunos Países Miembros.
Es evidente que, a mi juicio, a la integración no se avanza juntando los puntos de vista nacionales, solamente. Porque los puntos de vista nacionales son obviamente muy precisos en sus objetivos: qué es lo que mi país puede ganar del proceso. Así, nadie se preocupa de ver qué es lo que podríamos ganar todos actuando como conjunto.
La Junta inicial tenía un carácter de Organo con plena autoridad. Era tal la diferenciación que en ese tiempo hacíamos del papel comunitario y del papel de las representaciones nacionales, que la primera imagen en Chile, la primera idea de una Junta, nos llevó a pensar en tres nombres de fuera de la subregión de ese momento, o sea, que ninguno fuera ciudadano de ninguno de los cinco países. Se pensó, concretamente, en una Junta compuesta por Héctor Hurtado de Venezuela, que en ese momento no era País Miembro; Roque Carranza, ex Ministro de Argentina y en el que después fue Presidente del Banco Interamericano, nuestro apreciado ex Secretario Ejecutivo de la CEPAL, el uruguayo Enrique Iglesias.
Ese juego de nombres no fue aceptado por el resto de los países, “no señor, tiene que ser un conjunto de personas de la región”. En ese momento, surgieron propuestas de los diferentes países de distintos nombres. Yo tuve el orgullo, y lo señalo especialmente en este momento, de que mi nombre no fuera propuesto por el Gobierno de Chile sino por el Gobierno del Perú. Ese honor, sumado a la capacidad de convencimiento del Embajador Carlos Alzamora, me llevó a aceptar un desafío que para mí, en ese momento, resultaba personalmente muy difícil.
Participar en la Junta del Acuerdo de Cartagena me permitió darme cuenta de la tremenda importancia que tiene para avanzar en un proceso de convergencia multinacional el que en todo momento se mantenga viva y actuante la visión colectiva. Diría que el dinamismo de los primeros años del Acuerdo dependió en proporción muy alta de la acción entregada y positiva de la Junta, o sea, del pensamiento comunitario. Pero hoy ese organismo central se ha perdido. En este momento, la Secretaría no es una entidad que pueda entrar en conflicto con los países. No le corresponde ni puede políticamente. Creo que es vital retomar ese hecho. Creo que la falta del pensamiento comunitario se nota claramente en la Comunidad Andina, y, obviamente, en todos los demás procesos que buscan la integración regional. Al Mercosur lo que le falta, fundamentalmente, es eso. El Mercosur no tiene un organismo comunitario. No existe quien esté permanentemente evaluando las posibilidades que se le abren a la nueva unidad en formación y estudiando como conciliar esas posibilidades con la condición de cada miembro.
El desafío de la integración es un hecho real. La coherencia latinoamericana es indispensable. No vamos a poder avanzar debidamente ni pesar debidamente si no actuamos con más coherencia y propósitos comunes. Esto, por lo demás, nos lo han dicho los representantes de la Unión Europea en forma muy clara y directa: “tienen que hablar con una sola voz” para, diciéndolo simplemente, tomarlos en serio.
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JUAN PABLO LIRA Subsecretario de Relaciones Exteriores de Chile (s)
Considero importante iniciar mis palabras resaltando a las dos figuras reconocidas por todos sus pares como los gobernantes fundamentales en el nacimiento de la Comunidad Andina: los ex Presidentes de Colombia, don Carlos Lleras Restrepo, y de Chile, don Eduardo Frei Montalva. Con una visión francamente envidiable se dieron cuenta, en aquellos momentos, que existían, entre los países miembros de la ALALC, dos bloques. Uno constituido por las naciones más desarrolladas, es decir, Argentina, Brasil y México, y, el resto que, muchas veces, tenían intereses opuestos, o, al menos, no coincidentes.
La ALALC los unía pero en un proceso extremadamente lento, lejos de las necesidades de los países menos desarrollados. El compromiso de crear un mercado regional se llevaba adelante con un proceso de desgravación muy limitado y producto a producto. Los intentos para avanzar de una manera más acelerada fracasaron y ello llevó a los países andinos a crear una nueva organización que les permitiera establecer más rápidamente un área de libre comercio en el marco de un verdadero proceso de integración.
Hemos escuchado acerca de todo lo ocurrido en estos 40 años de integración andina. Muchos esfuerzos se han realizado durante estos años, registrándose avances, estancamientos y, también, retrocesos.
Deseo mencionar, en esta oportunidad, la participación de Chile en el proceso y, muy especialmente, en los años recientes cuando se produce un importante acercamiento de nuestro país a la Comunidad Andina.
Chile tuvo una actitud extremadamente activa en la fase de negociaciones, fundación y aplicación inicial del Acuerdo de Cartagena. Posteriormente, la llegada del Gobierno militar significó, en 1976, el retiro de Chile de la integración andina. A partir de ese momento, se continuó solo con una vinculación a través de la participación en el Convenio Andrés Bello, en el ámbito de la educación, y en el Convenio Hipólito Unanue, en el campo de la salud. Asimismo, se continuó con una participación simbólica en la Corporación Andina de Fomento.
El regreso a la democracia en Chile en 1990, se tradujo desde sus primeros años, en un importante acercamiento con los cinco Países Andinos. Estos acercamientos concluyeron, principalmente, con acuerdos bilaterales en los ámbitos comerciales y económicos, los cuales se han ido ampliando a otras áreas y profundizando en los años más recientes.
En diciembre del año 2004, se produjo un hecho relevante pues Chile pasó a vincularse con la Comunidad Andina de Naciones en calidad de país Observador.
En época más reciente, en agosto de 2007, los Presidentes de Bolivia, Colombia, Ecuador y Perú se dirigieron a la Presidenta Michelle Bachelet expresándole su interés en profundizar su relación con Chile, a través de la incorporación de nuestro país como País Miembro Asociado. La Presidenta contestó de inmediato, con fecha 21 de agosto, acogiendo la invitación de los cuatro Presidentes y manifestando el alto interés de Chile en la vinculación propuesta y los deseos que su concreción contribuya a la integración al interior de la Comunidad Andina, así como al fortalecimiento de los procesos de convergencia regional, y, en particular, a la construcción, junto al Mercosur, de la entonces Comunidad Sudamericana de Naciones, hoy Unión Suramericana de Naciones, Unasur.
El 20 de Septiembre de ese mismo año, la Comunidad Andina, mediante su Decisión 645, concedió a Chile la condición de País Miembro Asociado. A partir de ese momento, se constituyó una Comisión Mixta y un Grupo ad hoc de Alto Nivel Técnico, con el objeto de definir los alcances de la participación de Chile en el proceso de integración andino. El resultado de estos trabajos se consagró mediante la Decisión 666, de junio de 2008.
Para Chile su Asociación con la Comunidad Andina se debe considerar en la perspectiva de su política exterior hacia la región y, en particular, de su participación en diferentes instancias de integración.
Para Chile, es una prioridad en política exterior el fortalecimiento de la relación con los países vecinos y, también, con los demás países de la región. Es a partir de esta área que se busca proyectar nuestra identidad y enfrentar, en conjunto, los temas de la agenda internacional.
La política exterior del país parte de la base que para crecer económicamente, erradicar la pobreza y lograr mayor justicia social y equidad, se requieren mercados abiertos, integrados y confiables, así como una región estable, caracterizada por la certidumbre jurídica, la certidumbre política y, a su vez, comprometida con el bienestar de sus ciudadanos. Ello nos motiva a trabajar en instancias de integración regional en un marco de respeto y de aceptación de las naturales diferencias existentes. El reconocimiento de esta realidad es lo que sustenta nuestro proyecto de inserción internacional, el cual adquiere importancia estratégica al observar que nuestra región cuenta con un potencial único para estrechar y multiplicar los lazos económicos y comerciales, fortalecer nuestros vínculos políticos e impulsar nuestro desarrollo cultural.
En la práctica, estamos construyendo y participando activamente en los distintos procesos de integración existentes, tanto en las instancias regionales como subregionales. Es en este contexto que nos hemos asociado a la Comunidad Andina, siendo a la vez socios del Mercosur, participamos en la Comunidad Latinoamericana y del Caribe, la recién creada CALC, vemos con interés la propuesta de profundización de la integración latinoamericana hecha por México, teniendo como base el esfuerzo realizado en el marco del Grupo de Río. Es en este marco donde, también, concordamos con países de la región en iniciativas extra regionales, básicamente hacia la Asociación con la Unión Europea y el Asia Pacífico como son el Arco del Pacífico, APEC y el foro político Focalae. Es, por último, en este contexto, que hemos otorgado nuestro decidido respaldo a la Unasur, propuesta que engloba a las 12 naciones suramericanas que puede ayudar a la convergencia de los distintos sistemas de integración.
En Unasur nos ha correspondido, desde mayo de 2008, el ejercicio de la Presidencia pro tempore, la que con satisfacción entregaremos a Ecuador en agosto venidero, luego de haber contribuido, creemos, de manera firme y decidida a la constitución de instancias regionales tan importantes como el Consejo Sudamericano de Defensa y el Consejo Sudamericano de Salud, así como el fuerte impulso otorgado a la constitución de lo que, estimamos, va a ser un importante Consejo Social.
Al terminar, me permito reiterar que Chile le otorga a la integración regional el lugar de primer orden que merece en nuestra agenda internacional. Pero, al mismo tiempo, estimamos que, para que sea exitosa y sostenible en el tiempo, requiere ser construida sobre consensos reales entre los países, requiere del cumplimiento efectivo de los acuerdos y compromisos que se adopten, requiere ser efectiva demandando concesiones posibles a los Estados, y traducirse, todo eso, en beneficios reales para los pueblos.
Todo ello es muy necesario, debido a la diversidad que caracteriza a nuestra América. Nuestras economías son distintas, con diferencias en los grados de participación de los Estados como agentes económicos, en el grado de desarrollo de los sistemas de protección y bienestar social, en la regulación de mercados como el laboral y en la protección de bienes públicos y medios ambientales. El carácter y naturaleza de los gobiernos es un factor de heterogeneidad. La postura frente a la globalización es otra variable relevante.
Sin embargo, desde la óptica de Chile, la diversidad es una fuente de riqueza en nuestra región, porque no somos iguales podemos comprendernos mejor. Es fundamental acordar posiciones comunes frente a acontecimientos claves que se presenten en el escenario internacional. Es necesario que actuemos con una sola voz. Si no actuamos unidos, como bien se ha dicho, nuestros pueblos se empobrecerán aún mucho más.
Hace 40 años, el Presidente Eduardo Frei Montalva soñó que en América Latina éramos capaces de actuar con una sola voz, incluso, que éramos capaces de crear instancias supranacionales. Hace 40 años, este Presidente chileno creyó, como pocos, en la integración y firmó el Acuerdo de Cartagena. Hoy la Presidenta Michelle Bachelet ha continuado con dicha senda y estamos trabajando para que la integración de nuestra querida América Latina sea una realidad.