Bolivia, tan lejos del Perú
Por Fernando Molina.-
La crisis que viven en este momento Bolivia y Perú, y que según el presidente Evo Morales podría desembocar en el rompimiento de relaciones entre ambos países, aliados durante la Guerra del Pacífico, solamente es el último de una serie de choques diplomáticos.
No ha pasado mucho tiempo desde que Perú retirara temporalmente su embajador en Bolivia, tras el intento de ésta de empujar a la Comunidad Andina a sabotear el TLC peruano con Estados Unidos. Desde entonces, la tensión entre ambas cancillerías se ha mantenido alta por los ataques de Morales contra el presidente Alan García, a quien el boliviano calificó, entre otras cosas, de “gordo proimperialista”.
No se necesitaba ser clarividente, entonces, para anticipar que la decisión peruana de conceder refugio a los archirivales de Evo –los ministros del antiguo régimen derrocados luego de la sangrienta represión de octubre de 2003, de la cual se los acusa– representaría un conflicto de proporciones.
Esta situación de desencuentro es novedosa en la historia moderna de las dos naciones andinas. A contrapelo de lo que ocurrió normalmente a lo largo del siglo XX, hoy Perú y Bolivia no se imitan ni repiten, sino que se alejan.
Cada país sigue un camino que no sólo es divergente, sino incluso diametralmente opuesto del otro.
Mientras Bolivia retoma su tradicional orientación nacionalista, incluso aislacionista, se muestra contraria al libre comercio, limita la inversión extranjera y procura que la economía la controle el Estado, Perú hace todo lo contrario.
Según dice economista peruano Alfonso Segura, Perú está hoy “más abierto que nunca en su historia”. Es el país número uno de Latinoamérica en “receptividad del gobierno a la inversión privada”, y uno de los diez primeros en “protección a la propiedad”. En cambio, Bolivia se halla entre los últimos en ambas categorías.
En años recientes, Perú ha negociado exitosamente el TLC con Estados Unidos; al mismo tiempo, ha logrado acuerdos comerciales con México, Chile, el Mercosur y varios países asiáticos. Y hoy mismo se halla en plena negociación con la Unión Europea y China. El objetivo de estos esfuerzos es facilitar el crecimiento de su agro-industria de exportación, que es el “buque insignia” de un crecimiento económico que se expresó, antes de la recesión mundial, en variaciones récord del Producto Bruto Interno.
Sin embargo, las exportaciones de alimentos no agotan la explicación del desarrollo peruano. Son muy importantes para equilibrar el peso de la minería, que de lo contrario acapararía el comercio internacional (aun hoy, por cada dólar de productos no tradicionales, el Perú exporta más o menos siete dólares de productos mineros y petroleros).
Pero el comercio exterior sólo es una de las locomotoras de la economía, y no la más grande de ellas. En
2008, el Perú exportó 31 mil millones de dólares, pero importó 29 mil millones. Esto significa que el crecimiento del PBI que se dio ese año no se debió al comercio exterior.
En cambio, dos puntos de ese maravilloso 10 por ciento los aportó el consumo, y cuatro, la inversión privada.
Un dato fundamental, que generalmente se soslaya en las descripciones simplistas del “milagro peruano”. En realidad este “milagro” se halla firmemente asentado en el crecimiento y la actividad del mercado interno: en la construcción, las compras minoristas y el turismo.
Por eso, una parte significativa de la población participa en el proceso de apertura y se beneficia de él. No todo el mundo, aún, porque la sierra peruana sigue estando poco relacionada con el mercado mundial y nacional, y, por tanto, allí se sigue añorando el modelo estatista, que creaba satisfacciones económicas artificiales por medio de la redistribución –y no por la creación– de la riqueza.
Pero la mayoría de los peruanos no vive en la sierra, sino en la costa y, sobre todo, en Lima; con ellos se forma la fuerza de masas que le ha dado esa nueva orientación a la política peruana. Una masa más interesada en una modernización que abre nuevas oportunidades concretas, que en una utópica promesa de igualación social.
Ésta es la diferencia fundamental del Perú respecto a Bolivia. La economía boliviana depende casi exclusivamente a la exportación de recursos naturales. Y es exportación de tres clases de productos (minerales, gas y soya), sin la diversidad del Perú, que ha logrado éxito en más de cien. Y es exportación de productos básicos, sin la agregación de valor que se da en el Perú (aunque este país tampoco ha logrado un nivel importante de industrialización). Y es exportación que no viene acompañada de expansión del mercado interno, es decir, que se manifiesta bajo la horrible forma del “enclave” económico, el cual beneficia mucho a pocos y nada a muchos, y por tanto genera graves disturbios políticos.
A este fondo se remiten los conflictos entre dos gobiernos, dos ideologías e incluso dos políticas internacionales opuestas. Perú y Bolivia, que sin mucho esfuerzo de la historia podrían haber sido un solo país, hoy se piensan a sí mismos, sin embargo, como lo contrario uno del otro.